martes, 20 de noviembre de 2018

Antonio es un hombre alegre


Cuando fuimos a verlo no sabíamos bien cual era la razón por la cual íbamos, no es que ahora la sepamos, pero fue un buen encuentro. Un encuentro que nos colmó de alegría, un encuentro que aumentó nuestra potencia de existir.
Antonio es un hombre madurado, viste sencillamente, usa un bastón y apenas resalta en su atuendo la pequeña cruz de madera de los franciscanos.
Antonio escucha, mientras ceba mate, no entiende bien para que fuimos, creo que no es eso lo que necesita saber, nos deja hablar y hablamos demasiado de demasiadas cosas.
Antonio es un hombre que intenta y ha intentado que la Palabra lo habite y eso lo ha llevado a que su vida no sea, ni haya sido, un jardín de rosas, a pesar que nos cuenta que la vida de los sacerdotes está asegurada mas que la del común de la gente.
Tuvo prohibido celebrar la misa en distintas diócesis de la Argentina por su actividad decidida en la opción por los pobres. Participó, desde sus comienzos, del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. Este movimiento surgió espontáneamente entre un grupo de sacerdotes de nuestro país a raíz de los cambios que se produjeron en la Iglesia debido al Concilio Vaticano II. Sus primeros miembros eran sacerdotes que habían tomado por opción irse a vivir a las barriadas más pobres de sus diócesis; él, por aquellos años, llevaba a cabo su ministerio en Mar del Plata donde había treinta y tres villas miseria, pese que el obispo local decía que no había pobres. Y allí se fue a vivir. Luego este obispo lo expulsó de la diócesis, la primera de las varias expulsiones. Antonio nos cuenta que algunos obispos que participaron de este Concilio concordaron en un documento, entre ellos recuerda a monseñor Devoto, y eso fue el detonante para que empezara el movimiento. Hay una constante en el pensamiento de Antonio: “el movimiento tiene que darse desde abajo, los cambios no se producen desde arriba.” Ya en tiempos de la dictadura conoció la cárcel por su constante acompañamiento al drama de las madres de desaparecidos.
Pero no fue esa la única vez. Es demasiado conocido que pasó una década preso por los acontecimientos de La Tablada. A él no le cuesta contarnos su experiencia en esos diez años y se entusiasma cuando la charla deviene sobre lo injusto, egoísta e inhumano que es el sistema capitalista donde el 20 por ciento de la población mundial ubicada en los países más ricos consume más allá de lo que necesita, produciendo inequidad, puesto que el 80 por ciento restante apenas si le alcanza para vivir. Recordamos que Jesús se opone a esta visión individualista de la acumulación cuando tomó los cinco panes y los dos pescados, partió y compartió y aún sobraron doce canastas. Entonces Antonio nos cuenta que estando preso en Caseros, los guardiacárceles juntaron en un mismo pabellón a los jóvenes presos de La Tablada con la banda del Gordo Valor, con la intención que se masacraran entre ellos. Sin embargo ocurrió lo contrario, confraternizaron con los hermanos ladrones. Hasta tal punto que llegó un momento en que le piden que celebre la misa. Antonio nos aclara que la jerarquía no le había prohibido celebrar la Eucaristía, pero no se lo permitían las autoridades del penal, por lo cual la misa la celebró a las tres de la mañana. Usó pan común para consagrar el Cuerpo del Señor y un poco de vino, que le entraba de contrabando el abogado, ya que no lo requisaban. Pero este era tan poco que utilizaba una tapita de gaseosa como cáliz. Eran cuarenta en la misa, la mayoría de los cuales desconocían los principios de la fe. Imaginamos a Antonio con su hablar manso explicar en que consistía la Eucaristía a los hermanos ladrones. Imaginamos a Antonio dando a compartir el pan y el escaso vino, vino que no estaban acostumbrados por los rigores de la cárcel a probar. Imaginamos también la sorpresa de Antonio cuando la tapita le llega aún con vino después de que los cuarenta hubieron comulgado. En esa sencilla lección práctica Antonio nos mostró como es posible producir el milagro de compartir y que se puedan recoger las doce canastas. El cura “delincuente” celebrando la Eucaristía en la clandestinidad para los marginales de la sociedad decente.
La ecología es en Antonio acción, acción de humanizar la polución que el egoísmo y la avaricia del sistema capitalista inocula en nuestros corazones. Por eso Antonio es un hombre alegre porque encontrarse con él es aumentar nuestra potencia de vivir y eso es revolucionario porque esto solo ocurre cuando se producen buenos encuentros. El encuentro de Antonio con los hermanos ladrones fue un buen encuentro a pesar del poder. El poder necesita dominarte con la tristeza que disminuye tu potencia de vivir. Por eso Antonio es un revolucionario, porque Antonio es un hombre alegre.

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