sábado, 19 de octubre de 2019

TODO LO SOLIDO SE ESTABA DESVANECIENDO


Todo lo sólido se desvanece en el aire; todo lo sagrado es profanado, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas.
Marx y Engels. Manifiesto Comunista
En el 2001 todo lo que era solido se estaba desvaneciendo, las cosas habían comenzado mucho tiempo antes, en ese momento solo se hicieron visibles. La crisis que atravesamos en la actualidad es diferente en muchos aspectos de aquella, si bien hay un deja vu irremediable, tanto en el terreno económico, social o político. En la esfera política en el 2001 se produjo una “crisis de representación de los partidos tradicionales, una ruptura entre representantes y representados que luego explotó con el que se vayan todos” (Fernando Rosso), desde aquel momento se visibilizó una mutua desconfianza entre el representado y su representante. Tal desfondamiento institucional aún puede apreciarse, no hay hoy día partidos políticos, solo frentes circunstanciales que mutan de nombre y de nombres con tal celeridad que nuestra memoria no llega a registrar. También nacieron relatos que hablan de la nueva política, pero no hay nada nuevo cuando se desconfía de la capacidad de decisión de los ciudadanos. Aún aquellos que hacen de su bandera la ampliación de derechos de las mayorías quedan entrampados en estas narraciones. Relatos, narraciones, guiadas por principios que organizan el pensamiento y gobiernan nuestra visión de las cosas y del mundo sin que tengamos conciencia de ello, las teorías sobre las que operan son en gran parte inconscientes. Nuestros modos de pensamiento son tan habituales que apenas notamos cómo filtran nuestra percepción de la realidad.
Intuimos que el padecer de nuestra sociedad excede las cuestiones relacionadas con la crisis, que no basta con actuar macropolíticamente. “Pues porque por mucho que se haga en el plano macropolítico, por más brillantes que sean las ideas y las estrategias, por más valientes que sean las acciones, por más éxito que tengan, por menos autoritarias y corruptas que sean lo que se logra es una reacomodación del mismo mapa vigente” (Suely Rolnik).
La voluntad es solo la parte reflexiva de lo que somos en tanto seres imaginantes. Estamos fabricados, modelados así. Desde nuestro nacimiento como sujetos humanos estamos captados en un campo histórico social, ubicado bajo el dominio de un imaginario colectivo. El contexto es el texto de nuestras imaginaciones y da un horizonte a nuestros deseos. La sociedad nos produce conformes con ella, y a su vez la reproducimos. Son procesos de subjetivación que no lo ejercen agentes individuales, ni el funcionamiento de instancias intrapsíquicas, ni en agentes grupales. La subjetividad es producida por un conjunto de elementos heterogéneos que hacen máquina y conforman agenciamientos. La subjetividad está fabricada y modelada en el registro de lo social, los procesos de subjetivación no se sitúan en el campo individual; un individuo es la terminal individual de la subjetividad, su expresión singular. La subjetividad está en circulación en grupos sociales de diferentes tamaños: es esencialmente social, asumida y vivida por individuos en sus existencias particulares.
Pero, ¿qué tipo de proceso de producción de subjetividad se está modelando? Desde comienzos de la década del setenta del siglo pasado, se vienen produciendo transformaciones significativas del lazo social “en función de una mutación de las significaciones imaginarias sociales” fundantes de lo que conocemos como Modernidad (Ana Fernández), un tipo de subjetividad producida por un modelo económico que, fortaleciendo las individualidades, fragmenta y quiebra los lazos sociales. El capitalismo no es solo un modelo económico, sino que produce un tipo particular de subjetividad social. El proceso creciente de financiarización de la economía, también lo es de las relaciones sociales. Esto ocurre en la cara molecular de estas, una cara imperceptible, no visible. Proceso predatorio de los lazos de solidaridad social, que son sacrificados en el altar del mercado. Competir es la consigna de nuestra época, y competir es luchar contra los demás. La filosofía del mercado desregulado, nos pide incesantemente dar lo mejor de nosotros mismos para sobrevivir. La insatisfacción resulta de la necesidad de consumir constantemente y alcanzar los modelos que propone el capitalismo, arrastra a los individuos a trabajar en exceso, cada vez más, al punto de autoexplotarse. Presionados a poder ejercer nuestros deseos, sometidos al discurso del mérito y el emprendimiento, todo es posible en la sociedad del libre mercado… siempre y cuando uno se esfuerce lo suficiente. Pero nunca es suficiente y en algunos individuos el padecimiento individual es una encarnación singular de una desdicha colectiva. Las transformaciones económicas, políticas y sociales vinculadas al neoliberalismo producen efectos tóxicos que fragilizan los cuerpos sociales e individuales y producen un conjunto de significaciones imaginarias sociales que son las que limitan nuestra capacidad de imaginar.
El estudio del sujeto humano y sus padecimientos no puede desligarse de la realidad social en que se desenvuelve y que impregna todos y cada uno de sus aspectos; un tejido de eventos, acciones, interacciones, retroacciones, determinaciones, azares, que constituyen nuestro mundo: la complejidad. “La complejidad se presenta con los rasgos inquietantes de lo enredado, de lo inextricable, del desorden, la ambigüedad, la incertidumbre” (Edgar Morin).
Cuando un problema es complejo, ninguna persona tiene todas las respuestas. Todos tenemos puntos ciegos, lagunas en nuestra comprensión. Se vuelve ineludible un enfoque transdisciplinario. Deconstruir las tranformaciones en lo económico, lo institucional y la vida cotidiana como vía de elucidación de la producción subjetiva. La problemática micropolítica no se sitúa en el nivel de la representación, sino en el nivel de la producción de subjetividad, e implica alguna dimensión del deseo a escala colectiva. Una micropolítica sólo puede ser encontrada a partir de los agenciamientos que la constituyen, en la invención de modos de praxis que permitan elucidar un campo de subjetivación y, al mismo tiempo, intervenir efectivamente en ese campo, tanto en su interior como en sus relaciones con el exterior. Una práctica que permita intervenir en el corazón de la subjetividad dominante, produciendo un juego que la revele (Guattari).
Maritza Montero nos señala que la psicología social comunitaria se apropió del concepto de “empoderamiento”, como aquel proceso mediante el cual los miembros de una comunidad desarrollan conjuntamente capacidades y recursos, para controlar su situación de vida, actuando de manera comprometida, consciente y crítica, para lograr la transformación de su entorno según sus necesidades y aspiraciones, transformándose al mismo tiempo a sí mismos. Este proceso que realizan las comunidades para desarrollar y potenciar capacidades, obtener y administrar recursos, guarda estrecha relación entre producción de subjetividad y ejercicio de la ciudadanía, allí encontraremos las posibilidades de enfrentar nuestros padecimientos.

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