Todo
lo sólido se desvanece en el aire; todo lo sagrado es profanado, y
los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus
condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas.
Marx
y Engels. Manifiesto Comunista
En
el 2001 todo lo que era solido se estaba desvaneciendo, las cosas
habían comenzado mucho tiempo antes, en ese momento solo se hicieron
visibles. La crisis que atravesamos en la actualidad es diferente en
muchos aspectos de aquella, si bien hay un deja
vu
irremediable, tanto en el terreno económico, social o político. En
la esfera política en el 2001 se produjo una “crisis de
representación de los partidos tradicionales, una ruptura entre
representantes y representados que luego explotó con el que se vayan
todos” (Fernando Rosso), desde aquel momento se visibilizó una
mutua desconfianza entre el representado y su representante. Tal
desfondamiento institucional aún puede apreciarse, no hay hoy día
partidos políticos, solo frentes circunstanciales que mutan de
nombre y de nombres con tal celeridad que nuestra memoria no llega a
registrar. También nacieron relatos que hablan de la nueva política,
pero no hay nada nuevo cuando se desconfía de la capacidad de
decisión de los ciudadanos. Aún aquellos que hacen de su bandera la
ampliación de derechos de las mayorías quedan entrampados en estas
narraciones. Relatos, narraciones, guiadas por principios que
organizan el pensamiento y gobiernan nuestra visión de las cosas y
del mundo sin que tengamos conciencia de ello, las teorías sobre las
que operan son en gran parte inconscientes. Nuestros modos de
pensamiento son tan habituales que apenas notamos cómo filtran
nuestra percepción de la realidad.
Intuimos
que el padecer de nuestra sociedad excede las cuestiones relacionadas
con la crisis, que no basta con actuar macropolíticamente. “Pues
porque por mucho que se haga en el plano macropolítico, por más
brillantes que sean las ideas y las estrategias, por más valientes
que sean las acciones, por más éxito que tengan, por menos
autoritarias y corruptas que sean lo que se logra es una
reacomodación del mismo mapa vigente” (Suely Rolnik).
La
voluntad es solo la parte reflexiva de lo que somos en tanto seres
imaginantes. Estamos fabricados, modelados así. Desde nuestro
nacimiento como sujetos humanos estamos captados en un campo
histórico social, ubicado bajo el dominio de un imaginario
colectivo. El contexto es el texto de nuestras imaginaciones y da un
horizonte a nuestros deseos. La sociedad nos produce conformes con
ella, y a su vez la reproducimos. Son procesos de subjetivación que
no lo ejercen agentes individuales, ni el funcionamiento de
instancias intrapsíquicas, ni en agentes grupales. La subjetividad
es producida por un conjunto de elementos heterogéneos que hacen
máquina y conforman agenciamientos. La subjetividad está fabricada
y modelada en el registro de lo social, los procesos de subjetivación
no se sitúan en el campo individual; un individuo es la terminal
individual de la subjetividad, su expresión singular. La
subjetividad está en circulación en grupos sociales de diferentes
tamaños: es esencialmente social, asumida y vivida por individuos en
sus existencias particulares.
Pero,
¿qué tipo de proceso de producción de subjetividad se está
modelando? Desde comienzos de la década del setenta del siglo
pasado, se vienen produciendo transformaciones significativas del
lazo social “en función de una mutación de las significaciones
imaginarias sociales” fundantes de lo que conocemos como Modernidad
(Ana Fernández), un tipo de subjetividad producida por un modelo
económico que, fortaleciendo las individualidades, fragmenta y
quiebra los lazos sociales. El capitalismo no es solo un modelo
económico, sino que produce un tipo particular de subjetividad
social. El proceso creciente de financiarización de la economía,
también lo es de las relaciones sociales. Esto ocurre en la cara
molecular de estas, una cara imperceptible, no visible. Proceso
predatorio de los lazos de solidaridad social, que son sacrificados
en el altar del mercado. Competir es la consigna de nuestra época, y
competir es luchar contra los demás. La filosofía del mercado
desregulado, nos pide incesantemente dar lo mejor de nosotros mismos
para sobrevivir. La insatisfacción resulta de la necesidad de
consumir constantemente y alcanzar los modelos que propone el
capitalismo, arrastra a los individuos a trabajar en exceso, cada vez
más, al punto de autoexplotarse. Presionados a poder ejercer
nuestros deseos, sometidos al discurso del mérito y el
emprendimiento, todo es posible en la sociedad del libre mercado…
siempre y cuando uno se esfuerce lo suficiente. Pero nunca es
suficiente y en algunos individuos el padecimiento individual es una
encarnación singular de una desdicha colectiva. Las transformaciones
económicas, políticas y sociales vinculadas al neoliberalismo
producen efectos tóxicos que fragilizan los cuerpos sociales e
individuales y producen un conjunto de significaciones imaginarias
sociales que son las que limitan nuestra capacidad de imaginar.
El
estudio del sujeto humano y sus padecimientos no puede desligarse de
la realidad social en que se desenvuelve y que impregna todos y cada
uno de sus aspectos; un tejido de eventos, acciones, interacciones,
retroacciones, determinaciones, azares, que constituyen nuestro
mundo: la complejidad. “La complejidad se presenta con los rasgos
inquietantes de lo enredado, de lo inextricable, del desorden, la
ambigüedad, la incertidumbre” (Edgar Morin).
Cuando
un problema es complejo, ninguna persona tiene todas las respuestas.
Todos tenemos puntos ciegos, lagunas en nuestra comprensión. Se
vuelve ineludible un enfoque transdisciplinario. Deconstruir las
tranformaciones en lo económico, lo institucional y la vida
cotidiana como vía de elucidación de la producción subjetiva. La
problemática micropolítica no se sitúa en el nivel de la
representación, sino en el nivel de la producción de subjetividad,
e implica alguna dimensión del deseo a escala colectiva. Una
micropolítica sólo puede ser encontrada a partir de los
agenciamientos que la constituyen, en la invención de modos de
praxis que permitan elucidar un campo de subjetivación y, al mismo
tiempo, intervenir efectivamente en ese campo, tanto en su interior
como en sus relaciones con el exterior. Una práctica que permita
intervenir en el corazón de la subjetividad dominante, produciendo
un juego que la revele (Guattari).
Maritza
Montero nos señala que la psicología social comunitaria se apropió
del concepto de “empoderamiento”, como aquel proceso mediante el
cual los miembros de una comunidad desarrollan conjuntamente
capacidades y recursos, para controlar su situación de vida,
actuando de manera comprometida, consciente y crítica, para lograr
la transformación de su entorno según sus necesidades y
aspiraciones, transformándose al mismo tiempo a sí mismos. Este
proceso que realizan las comunidades para desarrollar y potenciar
capacidades, obtener y administrar recursos, guarda estrecha relación
entre producción de subjetividad y ejercicio de la ciudadanía, allí
encontraremos las posibilidades de enfrentar nuestros padecimientos.
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