El problema fundamental de
la filosofía política sigue siendo el que Spinoza supo plantear:
“¿Por qué combaten los hombres por su servidumbre como si se
tratase de su salvación?”
Deleuze & Guattari, “El
antiEdipo”.
Resulta
demasiado peligroso hablar de las cosas que nos circundan. Es más
sencillo mirar otros paisajes. Mirar a la Alemania de entre guerras
para pasmarnos ante el ascenso del fascismo; o detenernos en la sutil
manipulación de un referéndum en la Gran Bretaña de nuestro días,
puede resultar un ejercicio de introspección necesario para
extrañarnos de nuestra realidad cotidiana.
El
tele film “Brexit: The Uncivil War”, muestra la campaña política
del referéndum por la salida del Reino Unido de la Unión Europea.
En un momento de la película, Dominic Cummings, el cerebro de la
estrategia de uno de los bandos, explica a su staff: “¿Cuál
es el mensaje? No puede ser solo una consigna, debe englobar una
emoción. ¿Qué emoción? Mi padre trabajaba en un pozo. De
petróleo. Esas bolsas de energía, ocultas… Enterradas muy hondo
durante largos períodos de tiempo. Gruñendo, gimiendo… Esperando
una vía de escape. Solo teníamos que averiguar dónde estaban y
empezar a excavar. Abrir el pozo y liberar la presión. Podemos
alimentarnos de esos pozos de resentimiento, todas estas presiones
que se han ido acumulando… mientras las ignoraban”.
La
película se propone explicar cómo sucedió todo, cómo explotaron
electoralmente los sentimientos más tóxicos de la sociedad
británica. Cummings
consiguió
implantar su mensaje aunque tuviese que recurrir a mentiras.
En la narración
observamos la exploración nuevas maneras de hacer campaña, nos
introducimos en la en
la guerra de los datos personales. Los datos
de los
potenciales votantes para hacerles llegar el mensaje que quieren oír,
alimentando el resentimiento de la forma más efectiva posible.
Wilhelm
Reich observa, en la política del marxismo alemán desde el final de
la Primera Guerra hasta el ascenso del nazismo, que los procesos
objetivos de la economía y a la política no llegaban a advertir el
factor subjetivo de la historia. Mientras la base económica se
deterioraba amplias capas de la población se derechizaban, las masas
pauperizadas ayudaban a que la reacción política más extrema,
tomara el poder. Se extrañaba que de la crisis hubieran surgido
ideologías objetivamente opuestas al interés de la masa. Sin
embargo, Reich no da una respuesta al problema, solo lo plantea.
El
dúo francés, Deleuze & Guattari, tocados aún por los
acontecimientos parisinos de Mayo del 68, retoman este
cuestionamiento: “¿Por qué soportan los hombres desde siglos la
explotación, la humillación, la esclavitud, hasta el punto de
quererlas no sólo para los demás, sino también para sí mismos?”
La
película sobre la campaña del Brexit, señala que ciertos picaros,
utilizando herramientas de comunicación masiva y las novedosas redes
sociales, pueden tocar la fibra más irracional del ser humano para
llevarlo a elegir en contra de sus intereses. El consumo y la
comunicación de masas establecieron un presente donde los
acontecimientos se sustituyen con celeridad y sin secuencia.
Aislados, alienados en pantallas. Solos, abrumados por el bombardeo
mediático. Es un proceso de cretinización, a través de la
comunicación, que convierte a las masas en ganado cibernético que
pasta mansamente frente a sus pantallas (G. Châtelet, “Vivre et
penser comme des porcs“).
En
el libro “El imperio
de lo efímero”, Gilles
Lipovetsky sostiene
que la moda
es hoy el paradigma dominante, la moda es la piedra angular de la
vida colectiva y ha impuesto sus dictado. Nuestra realidad está
caracterizada por cierto declive ideológico y el ascenso del
mercado.
Este imperio de la moda tiene
como contrapartida el desamparo, la depresión y la confusión
existencial. Estas fuerzas agitan el mundo produciendo efectos en
nuestro cuerpo. Nuestros
cuerpos
comportan la capacidad de ser afectados por las relaciones que
provienen de la realidad que resultan invisibles al ojo humano,
previas a la conciencia y, por tanto, intraducibles al carecer de
imagen y palabra, una especie de extrañamiento vivido como amenaza.
El mundo vive en nuestro cuerpo provocando malestar.
Son nuevos sentidos que buscan
expresarse y necesitan conexiones para inventar algo, una forma que
sea portadora de este malestar que pide paso. Si no pueden
expresarse, si aquello que carecía de imagen o palabra es impedido
que adquiera una forma de expresión, si se bloquea el proceso,
sobreviven palpitando en pozos de resentimiento que ignoramos.
Para poder recobrar un
equilibrio, nuestra pulsión vital necesita actuar: imagen, palabra,
gesto, obra de arte u otra manera de alimentarse, de amar, otro modo
de existencia, que permita ser portador de la pulsación que pide
paso. La más de las veces no ocurre tal sublimación porque estamos
inmersos en una perspectiva “antropo-falo-ego-logocéntrica”, tal
la definición de la psicoanalista brasileña Suely Rolnik, que
anestesia los efectos de las fuerzas del mundo en nosotros, las
bloquea, y las vivimos como amenaza. Máquina abstracta
antropo-falo-ego-logocéntrica que actúa de manera inmanente,
molecular. “El campo social está recorrido por el deseo, hasta las
formas más represivas son producidas por el deseo” (Deleuze &
Guattari, “El antiEdipo”).
Reformulemos
entonces la pregunta: ¿por qué el deseo desea su propia represión?
Ninguno de nosotros sufre al poder pasivamente, ni queremos ser
reprimidos. Y mucho menos somos engañados por promesas electorales
que sabemos vacías de antemano. Pero, el deseo es inseparable de un
campo social, máquina abstracta, que fluye por andariveles
moleculares, una microfísica de formaciones moleculares que
prefiguran actitudes y percepciones. El deseo, resultado de un
elaborado montaje, al verse boqueado sus posibilidades de expresarse,
determina a ser fascista. “Hay fascismo cuando una máquina de
guerra se instala en cada agujero, en cada nicho de microfascismo,
pozos de resentimiento, que proporcionan al fascismo un medio de
acción incomparable sobre las masas. Microorganizaciones que
proporcionan un medio para penetrar en todas las células de la
sociedad”. (Deleuze & Guattari, “Mil mesetas”).
La
gran genialidad de Dominic
Cummings es haber advertido esos nichos de microfascismo, alimentados
durante mucho tiempo por las decisiones políticas, y explotarlas en
beneficio electoral de su grupo.
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