Cuando fuimos a verlo no sabíamos bien cual
era la razón por la cual íbamos, no es que ahora la sepamos, pero fue un buen
encuentro. Un encuentro que nos colmó de alegría, un encuentro que aumentó nuestra
potencia de existir.
Antonio es un hombre madurado, viste
sencillamente, usa un bastón y apenas resalta en su atuendo la pequeña cruz de
madera de los franciscanos.
Antonio escucha, mientras ceba mate, no
entiende bien para que fuimos, creo que no es eso lo que necesita saber, nos
deja hablar y hablamos demasiado de demasiadas cosas.
Antonio es un hombre que intenta y ha
intentado que la Palabra lo habite y eso lo ha llevado a que su vida no sea, ni
haya sido, un jardín de rosas, a pesar que nos cuenta que la vida de los sacerdotes
está asegurada mas que la del común de la gente.
Tuvo prohibido celebrar la misa en distintas
diócesis de la Argentina por su actividad decidida en la opción por los pobres.
Participó, desde sus comienzos, del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer
Mundo. Este movimiento surgió espontáneamente entre un grupo de sacerdotes de
nuestro país a raíz de los cambios que se produjeron en la Iglesia debido al
Concilio Vaticano II. Sus primeros miembros eran sacerdotes que habían tomado
por opción irse a vivir a las barriadas más pobres de sus diócesis; él, por aquellos
años, llevaba a cabo su ministerio en Mar del Plata donde había treinta y tres
villas miseria, pese que el obispo local decía que no había pobres. Y allí se
fue a vivir. Luego este obispo lo expulsó de la diócesis, la primera de las
varias expulsiones. Antonio nos cuenta que algunos obispos que participaron de
este Concilio concordaron en un documento, entre ellos recuerda a monseñor Devoto,
y eso fue el detonante para que empezara el movimiento. Hay una constante en el
pensamiento de Antonio: “el movimiento tiene que darse desde abajo, los cambios
no se producen desde arriba.” Ya en tiempos de la dictadura conoció la cárcel
por su constante acompañamiento al drama de las madres de desaparecidos.
Pero no fue esa la única vez. Es demasiado conocido
que pasó una década preso por los acontecimientos de La Tablada. A él no le
cuesta contarnos su experiencia en esos diez años y se entusiasma cuando la
charla deviene sobre lo injusto, egoísta e inhumano que es el sistema
capitalista donde el 20 por ciento de la población mundial ubicada en los
países más ricos consume más allá
de lo que necesita, produciendo inequidad, puesto que el 80 por
ciento restante apenas si le alcanza para vivir. Recordamos que Jesús se opone
a esta visión individualista de la acumulación cuando tomó los cinco panes y
los dos pescados, partió y compartió y aún sobraron doce canastas. Entonces
Antonio nos cuenta que estando preso en Caseros, los guardiacárceles juntaron
en un mismo pabellón a los jóvenes presos de La Tablada con la banda del Gordo
Valor, con la intención que se masacraran entre ellos. Sin embargo ocurrió lo
contrario, confraternizaron con los hermanos ladrones. Hasta tal punto que
llegó un momento en que le piden que celebre la misa. Antonio nos aclara que la
jerarquía no le había prohibido celebrar la Eucaristía, pero no se lo permitían
las autoridades del penal, por lo cual la misa la celebró a las tres de la
mañana. Usó pan común para consagrar el Cuerpo del Señor y un poco de vino, que
le entraba de contrabando el abogado, ya que no lo requisaban. Pero este era
tan poco que utilizaba una tapita de gaseosa como cáliz. Eran cuarenta en la
misa, la mayoría de los cuales desconocían los principios de la fe. Imaginamos
a Antonio con su hablar manso explicar en que consistía la Eucaristía a los
hermanos ladrones. Imaginamos a Antonio dando a compartir el pan y el escaso
vino, vino que no estaban acostumbrados por los rigores de la cárcel a probar.
Imaginamos también la sorpresa de Antonio cuando la tapita le llega aún con
vino después de que los cuarenta hubieron comulgado. En esa sencilla lección
práctica Antonio nos mostró como es posible producir el milagro de compartir y
que se puedan recoger las doce canastas. El cura “delincuente” celebrando la
Eucaristía en la clandestinidad para los marginales de la sociedad decente.
La ecología
es en Antonio acción, acción de humanizar la polución que el egoísmo y la
avaricia del sistema capitalista inocula en nuestros corazones. Por eso Antonio
es un hombre alegre porque encontrarse con él es aumentar nuestra potencia de
vivir y eso es revolucionario porque esto solo ocurre cuando se producen buenos
encuentros. El encuentro de Antonio con los hermanos ladrones fue un buen encuentro
a pesar del poder. El poder necesita dominarte con la tristeza que disminuye tu
potencia de vivir. Por eso Antonio es un revolucionario, porque Antonio es un
hombre alegre.