Carlos
era simpático y dicharachero. Más bajo y más moreno que
Victoriano, un tipo sonriente y conversador; de cara, era medio
parecido a Perón o a al mismo Carlitos Gardel; digamos, un argentino
promedio.
Era
el menor de los Unzaga y, según contaban los viejos, por causa de un
padre autoritario, igual que los hermanos mayores, se fue muy joven
de casa.
Pero
Carlos se pasó: en vez de irse a Santiago, por ejemplo, de donde
provenía la familia, o quedarse en Catamarca, simplemente se tomó
el ómnibus y se mandó a mudar a Buenos Aires. Y así fue que su
vida se alejó durante décadas del sol ardiente, el chañar y el
mistol, y se perdió en el tumulto de las calles porteñas, los
colectivos ruidosos del Gran Buenos Aires, sobre todo Avellaneda,
Lanús, Lomas de Zamora y La Plata.
-Carlos
se casó en La Plata, tuvo varios chicos y luego se quedó viudo-
cuenta Victoriano. -Casi no venía nunca a Catamarca, pero como
todavía era joven, se casó otra vez, y ahí sí, volvió a
visitarnos.
Una
vez por año, era una fiesta: el viejo Victoriano rejuvenecía veinte
o treinta años cuando llegaban Carlos, María Luisa y la nueva
familia. Ruidosos, con su acento y su hablar rápido de porteños,
deslumbrados con las delicias de la vida pueblerina en Las Chacras,
los chicos secundaban con algarabía las aventuras de la madre,
descubriendo un mundo de colores, olores, frutas y flores que nunca
había visto en el recorrido urbano del sur bonaerense.
Y
las Chacras con sus pueblos también era una fantasía colorida, por
lo menos a los ojos de los que íbamos de afuera: yo, desde Mar del
Plata primero, y desde Córdoba más tarde; Carlos Unzaga, María
Luisa, y los tres chicos, desde el sur bonaerense.
Cosas
y eventos fantásticos o descomunales ocurrían por esos años,
mezclados con lo cotidiano: golpes de estado en Brasil, cañoneras y
tanques echando a presidentes en Buenos Aires, imponiendo la
proscripción de un partido o un movimiento popular, mientras en
Catamarca -y sobre todo en La Falda y San Antonio- se sucedían las
procesiones de santos, las misiones de la Cruz, el perro de
Victoriano lo mordía a Alejandro, Javier se caia en la fuente de la
plaza del pueblo, y cadenas horripilantes se arrastraban, por debajo
de la casa, a la noche, mientras la Viuda Negra entraba y salía del
ómnibus en La Falda, asustando a los visitantes y divirtiendo a los
lugareños.
Nunca
más nos vimos -bueno, nunca es demasiado fuerte, digamos que casi
nunca más- y los años pasaron. Dos cartas llegaron, una del hijo
menor de Carlos, y después otro de la hijita. Inocencia y candor de
los dos, las cartas parecían -y lo eran- piezas inmaculadas, resumen
de la pureza de los buenos, de los que han sacado de unas pocas
experiencias en Las Chacras, de los cuentos de Victoriano y las
mentiras folcóricas del Negro Unzaga, las mejores conclusiones
posibles, los mejores aprendizajes de la vida.
Fueron
los años más felices de mi vida...¿será verdad? No, también es
una exageración: éramos inocentes y puros, deslumbrados por las
fantasías que sólo nosotros veíamos; no habían desaparecido ni
habían asesinado todavía a miles de amigos y parientes, las botas
de los poderosos no habían cortado de cuajo las ilusiones de una
generación y media de jóvenes; no habíamos vuelto a tener una
guerra desde la derrota del indio patagónico.
Éramos
puros en los años sesenta del lejano siglo XX, y Carlos Unzaga, y su
hermano mayor, Victoriano, los tíos, sobrinos y primos -todo
mezclado, como en Guillén- girábamos en torno de un universo que no
se había roto todavía, que no tendríamos que recomponer después,
como los trozos de vidrio de un cuadro familiar quebrado por la
ignorancia y el afán desmedido de ganancias y poder.
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