martes, 3 de marzo de 2020

VIVIR SOLOS


Sentado en la cama, con una taza de té tibio al lado, Frink sacó su ejemplar del I Ching. Tomó del cilindro de cuero las cuarenta y nueve varitas de milenrama. Esperó un momento hasta que se le tranquilizó la mente y pudo formular la pregunta. Philip K. Dick, El hombre en el castillo.
Empiezo a delinear este artículo, sentado a la mesa de la cocina. Tomo las tres monedas chinas y las lanzo seis veces. Resultado de ello el I Ching, el libro chino de las mutaciones, me remite a una cita de Lao Tse: “Treinta radios convergen en el buje de una rueda, y es ese espacio vacío lo que permite al carro cumplir su función. Los cuencos están hechos de barro hueco y gracias a esta nada cumplen su función. Puertas y ventanas se abren en las paredes de una casa, y es el espacio vacío lo que permite que la casa pueda ser habitada. Así, lo que es sirve para ser poseído. y lo que no es, para cumplir su función”.
La noción de vacío como principio activo y dinamizador. El vacío constituye el lugar donde operan las transformaciones. A los estructuralistas les interesa el elemento vacío que comporta toda estructura, lo que le permite funcionar. El punto ciego, un significante de valor simbólico cero circulando en la estructura, en relación con el cual todos los elementos de la estructura se sitúan en sus propias relaciones diferenciales.
La mirada estructuralista se superpone con la concepción del vacío en el Tao. El casillero vacío constituye, el elemento que permite la movilidad o eficacia de las estructuras. Son los treinta rayos que convergen en el buje el vacío que permite al carro funcionar.
En la música el vacío se traduce ante todo por el silencio, crea un espacio que permite a los sonidos acceder a una especie de resonancia más allá de las resonancias.
Hoy día sufrimos un exceso de comunicación, estamos atravesados por una cantidad de palabras e imágenes inútiles, y sería mejor crear espacios de soledad y de silencio para que por fin se tenga algo que decir.
 Bartleby, el escribiente de Melville, ante cada orden de su patrón, responde “preferiría no hacerlo”. Con esta frase alborota su entorno, desmonta los resortes del sentido y hace que todo se mueva desterritorializando el lenguaje, las funciones, los hábitos. Quizás deberíamos poder desafiar la dictadura de los intercambios productivos y de la circulación social, produciendo subjetividades adversas a cualquier reinscripción social.
Eduardo Pavlovsky creó un personaje, Poroto, cuya preocupación es saber cómo va a escapar de las situaciones que se presentan, dónde se va a sentar en una fiesta para poder escabullirse sin ser visto, qué coartada va a inventar para deshacerse de un conocido. Poroto elabora una ciencia de la deserción. Y, en el máximo de su paroxismo, llega a exclamar “basta de vínculos, sólo contigüidad de velocidades”. Poroto nos enseña la huida como estrategia de resistencia micropolítica. Las huidas son fundamentos existenciales, permiten diseñar un sentido para la vida. Una retirada humanizante para volver al mundo emocional de otra manera, inventando. El horror es permanecer fabricando afectos tristes y perder la capacidad o potencia de actuar. La huida de Poroto –su micropolítica resistencial– es la de huir a tiempo de la toxicidad que afecta el cuerpo cuando se descompone en las relaciones tristes. Huir a tiempo es preservarse, la huida es un acto terapéutico existencial.
Producir una subjetividad más fluida, de vecindad y resonancia, de distancias y encuentros, más que de vinculación y pertenencia. Una suerte de resistencia proveniente de una subjetividad que ya no se define por su pertenencia a una identidad específica, sea de grupo político o de movimiento social, de clase, de sindicato, de grupo o de una minoría.
El poder no puede tolerar la singularidad que no hace valer un lazo social, que declina toda pertenencia, pero que justamente por eso manifiesta su ser común. Es el gesto excepcional del hombre común que impulsa en el colectivo, individuaciones nuevas, el vacío o la soledad que permite comportamientos minoritarios, prácticas de contra-conducta.
El vacío o la soledad que engendra procesos de bifurcación en relación con la subjetividad dominante. Singularizaciones inauditas, agenciamientos insólitos. La naturaleza de tal resistencia resulta indisociable de la cooperación productiva contemporánea y de su proceso colectivo. Es la soledad más poblada del mundo. Que se puedan multiplicar los encuentros no solo con personas, sino con movimientos, ideas, acontecimientos, entidades. La soledad es el punto más singular abriéndose a la mayor multiplicidad: rizoma.
Por eso cabe salir del agujero negro de nuestro Yo. Nudo de nuestro narcisismo, donde nos alojamos con nuestros sentimientos y pasiones, para establecer otra conexión con los flujos del mundo. Desertar de la forma del yo a favor de otra conexión con el cosmos. Entonces, el desafío es encontrar un máximo de conexiones. Como dijo por allí Sebastián Scolnik: ser capaces de deshacer lo que somos y dejarnos atravesar por el torrente de las cosas que nos rodean. Es muy difícil poder soltar nuestras certezas, las creencias o posiciones que no nos sirven para pensar el presente y que muchas veces se transforman en una certidumbre o en un lugar del que no queremos salir, pues nos sentimos seguros, con ciertas audiencias garantizadas
Encontrarse es experimentar la distancia que nos separa del otro y encontrar esta distancia, a la que Deleuze llamó “cortesía”. A la que me gusta denominar distancia cívica. También podría llamársela simpatía: una acción a distancia de una fuerza sobre otra.
Una ecología subjetiva precisaría sostener tal disparidad de puntos de vista, de modo tal que, cada singularidad preservase su potencia de afectar y de ser afectado en el inmenso juego del mundo.
Sin lo cual cada ser queda atrapado en el agujero negro de su soledad, privado de sus conexiones y de la simpatía que lo hace vivir.

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