Sentado en la
cama, con una taza de té tibio al lado, Frink sacó su ejemplar del I Ching.
Tomó del cilindro de cuero las cuarenta y nueve varitas de milenrama. Esperó un
momento hasta que se le tranquilizó la mente y pudo formular la pregunta. Philip K. Dick, El
hombre en el castillo.
Empiezo a delinear este artículo, sentado a la mesa de
la cocina. Tomo las tres monedas chinas y las lanzo seis veces. Resultado de
ello el I Ching, el libro chino de las
mutaciones, me remite a una cita de Lao Tse: “Treinta radios convergen
en el buje de una rueda, y es ese espacio vacío lo que permite al carro cumplir
su función. Los cuencos están hechos de barro hueco y gracias a esta nada
cumplen su función. Puertas y ventanas se abren en las paredes de una casa, y
es el espacio vacío lo que permite que la casa pueda ser habitada. Así, lo que
es sirve para ser poseído. y lo que no es, para cumplir su función”.
La noción de vacío como principio activo y
dinamizador. El vacío constituye el lugar donde operan las transformaciones. A
los estructuralistas les interesa el elemento vacío que comporta toda
estructura, lo que le permite funcionar. El punto ciego, un significante de
valor simbólico cero circulando en la estructura, en relación con el cual todos
los elementos de la estructura se sitúan en sus propias relaciones
diferenciales.
La mirada estructuralista se superpone con la
concepción del vacío en el Tao. El casillero vacío constituye, el elemento que
permite la movilidad o eficacia de las estructuras. Son los treinta rayos que convergen
en el buje el vacío que permite al carro funcionar.
En la música el vacío se traduce ante todo por el
silencio, crea un espacio que permite a los sonidos acceder a una especie de
resonancia más allá de las resonancias.
Hoy día sufrimos un exceso de comunicación, estamos atravesados
por una cantidad de palabras e imágenes inútiles, y sería mejor crear espacios
de soledad y de silencio para que por fin se tenga algo que decir.
Bartleby, el escribiente de Melville, ante cada orden de su
patrón, responde “preferiría no hacerlo”. Con esta frase alborota su entorno,
desmonta los resortes del sentido y hace que todo se mueva desterritorializando
el lenguaje, las funciones, los hábitos. Quizás deberíamos poder desafiar la dictadura
de los intercambios productivos y de la circulación social, produciendo
subjetividades adversas a cualquier reinscripción social.
Eduardo Pavlovsky creó un personaje, Poroto, cuya preocupación
es saber cómo va a escapar de las situaciones que se presentan, dónde se va a
sentar en una fiesta para poder escabullirse sin ser visto, qué coartada va a
inventar para deshacerse de un conocido. Poroto elabora una ciencia de la
deserción. Y, en el máximo de su paroxismo, llega a exclamar “basta de
vínculos, sólo contigüidad de velocidades”. Poroto nos enseña la huida como
estrategia de resistencia micropolítica. Las huidas son fundamentos
existenciales, permiten diseñar un sentido para la vida. Una retirada
humanizante para volver al mundo emocional de otra manera, inventando. El
horror es permanecer fabricando afectos tristes y perder la capacidad o
potencia de actuar. La huida de Poroto –su micropolítica resistencial– es la de
huir a tiempo de la toxicidad que afecta el cuerpo cuando se descompone en las
relaciones tristes. Huir a tiempo es preservarse, la huida es un acto
terapéutico existencial.
Producir una subjetividad más fluida, de vecindad y
resonancia, de distancias y encuentros, más que de vinculación y pertenencia. Una
suerte de resistencia proveniente de una subjetividad que ya no se define por
su pertenencia a una identidad específica, sea de grupo político o de
movimiento social, de clase, de sindicato, de grupo o de una minoría.
El poder no puede tolerar la singularidad que no
hace valer un lazo social, que declina toda pertenencia, pero que justamente
por eso manifiesta su ser común. Es el gesto excepcional del hombre común que
impulsa en el colectivo, individuaciones nuevas, el vacío o la soledad que
permite comportamientos minoritarios, prácticas de contra-conducta.
El vacío o la soledad que engendra procesos de
bifurcación en relación con la subjetividad dominante. Singularizaciones
inauditas, agenciamientos insólitos. La naturaleza de tal resistencia resulta
indisociable de la cooperación productiva contemporánea y de su proceso
colectivo. Es la soledad más poblada del mundo. Que se puedan multiplicar los
encuentros no solo con personas, sino con movimientos, ideas, acontecimientos,
entidades. La soledad es el punto más singular abriéndose a la mayor multiplicidad:
rizoma.
Por eso cabe salir del agujero negro de nuestro Yo.
Nudo de nuestro narcisismo, donde nos alojamos con nuestros sentimientos y
pasiones, para establecer otra conexión con los flujos del mundo. Desertar de la
forma del yo a favor de otra conexión con el cosmos. Entonces, el desafío es
encontrar un máximo de conexiones. Como dijo por allí Sebastián Scolnik: ser
capaces de deshacer lo que somos y dejarnos atravesar por el torrente de las
cosas que nos rodean. Es muy difícil poder soltar nuestras certezas, las
creencias o posiciones que no nos sirven para pensar el presente y que muchas
veces se transforman en una certidumbre o en un lugar del que no queremos
salir, pues nos sentimos seguros, con ciertas audiencias garantizadas
Encontrarse es experimentar la distancia que nos
separa del otro y encontrar esta distancia, a la que Deleuze llamó “cortesía”. A
la que me gusta denominar distancia cívica. También podría llamársela simpatía:
una acción a distancia de una fuerza sobre otra.
Una ecología subjetiva precisaría sostener tal
disparidad de puntos de vista, de modo tal que, cada singularidad preservase su
potencia de afectar y de ser afectado en el inmenso juego del mundo.
Sin lo cual cada ser queda atrapado en el agujero
negro de su soledad, privado de sus conexiones y de la simpatía que lo hace
vivir.
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