martes, 16 de febrero de 2016

¿CÓMO TRATAS A HESTIA: TU HOGAR Y LA TIERRA COMO CASA COMÚN?

Existe actualmente toda una forma nueva de interpretar los antiguos mitos griegos y de otros pueblos. En vez de considerar a los dioses y diosas como entidades existentes, ahora crece la hermenéutica, especialmente tras los estudios del psicoanalista C.G. Jung y sus discípulos J. Hillman, E. Neumann, G. Paris y otros, de que se trata de arquetipos, es decir, de fuerzas psíquicas ancestrales que habitan en nosotros y mueven nuestras vidas. Irrumpen de forma tan vigorosa que los conceptos abstractos no consiguen expresarlas más que mediante relatos mitológicos. En este sentido el politeísmo no significa la pluralidad de divinidades, sino de energías que vibran en nuestra psique.

Uno de esos mitos que tienen un significado profundo y actual es el de la diosa Hestia. Según el mito, es hija de Cronos (el dios del tiempo y de la edad de oro) y de Rea, la gran madre, generadora de todos los seres. Hestia representa nuestro centro personal, el centro del hogar y el centro de la Tierra, nuestra Casa común. Es virgen, no por despreciar la compañía del hombre, sino para poder cuidar con más libertad a todos los que se encuentran en el hogar. Así y todo suele ir acompañada de Hermes, el dios de la comunicación (de donde viene hermenéutica) y de los viajes. No son marido y mujer; son autónomos, aunque vinculados siempre recíprocamente.

Ellos representan dos facetas de cada persona humana, que es portadora simultáneamente del ánimus (principio masculino, Hermes) y del ánima (principio femenino, Hestia).

Hestia significa en griego el hogar con el fuego encendido: el lugar alrededor del cual todos se agrupan para calentarse y convivir. Por lo tanto, es el corazón de la casa, el lugar de la intimidad familiar, lejos del barullo de la calle. Hestia protege, da seguridad y refugio. Además, a ella le corresponde también el orden de la casa y tiene la llave de la despensa para que esté siempre bien abastecida para familiares y huéspedes.

En las ciudades griegas y romanas había siempre un fuego encendido, para expresar la presencia protectora de Hestia (la Vesta de los romanos). Si se apagaba el fuego, era presagio de alguna desgracia. Tampoco se empezaba la comida sin hacer un brindis a Hestia: “para Hestia” o “para Vesta”.

Hestia concretamente significaba también ese rincón donde uno se recoge para estar solo, leer su periódico o un libro y hacer su meditación. Cada persona tiene su “rinconcito” o su butaca preferida. Para saber donde se encuentra nuestra Hestia debemos preguntarnos cuando estamos fuera de casa: ¿cuál es la imagen que nos recuerda mejor nuestro rincón, donde Hestia se oculta? Ahí está el centro existencial de la casa. Sin Hestia la casa se transforma en un dormitorio o en una especie de pensión gratuita, sin vida. Con Hestia hay afecto, bienestar y el sentimiento de estar “finalmente en casa”. Ella era considerada como una araña, por tejer telas que unen a todos, trasmitiendo las informaciones.

Hestia era venerada por todos y la primera en ser reverenciada en el Olimpo. Júpiter defendió siempre su virginidad contra el asedio sexual de algunos dioses más atrevidos.

Nuestra cultura patriarcal y la masculinización de las relaciones sociales debilitaron mucho a Hestia. Las mujeres han hecho bien saliendo de casa y desarrollando su dimensión de animus (capacidad de organizar y dirigir), pero han tenido que sacrificar, en parte, su dimensión de Hestia. En ellas se muestra la dimensión de Hermes, que se comunica y se articula. Han llevado al mundo del trabajo las principales virtudes de lo femenino: el espíritu de cooperación y el cuidado, que hacen las relaciones menos rígidas, pero llega el momento de volver a casa y recuperar a Hestia.

¡Ay de la casa descuidada y desordenada! Ahí surge el deseo de que Hestia se haga presente para garantizar una atmósfera buena, íntima y familiar. Esta no es solo tarea de la mujer sino también del hombre. Por eso en todo hombre y en toda mujer deben equilibrarse el momento de Hermes, estar fuera de casa para trabajar, con el momento de Hestia, de volver al centro donde tiene su refugio y su bienestar.

Hoy, por más feministas que sean las mujeres, están recuperando cada vez más este fino entramado vital.
Hestia no significaba solamente el hogar de la casa o de la ciudad. También designaba el centro de la Tierra donde está el fuego primordial. Hoy ya no es una creencia sino un dato científico. En el centro hay hierro incandescente. Lógicamente, cuando se estableció el heliocentrismo y se invalidó el geocentrismo, hubo un derrumbe emocional de la figura de Hestia, la Casa Común. Pero lentamente se ha ido reconquistando. Si bien la Tierra ya no es el centro físico del universo, sigue siendo el centro psicológico y emocional. Aquí vivimos, nos alegramos, sufrimos y morimos. Incluso viajando a los espacios exteriores, los astronautas siempre mostraban tener nostalgia de la Madre Tierra, donde está todo lo que es significativo y sagrado.

Hoy tenemos que rescatar a Hestia, protectora de la Casa Común, mantener su fuego vivo y darle sostenibilidad. No le estamos dando el trato de honor que merece, por eso ella nos envía quejas con el calentamiento global y las calamidades naturales. No debemos rebajar a Hestia a mero repositorio de recursos sino tratarla como la Casa Común que debe ser bien cuidada para que siga siendo nuestro hogar acogedor y bienhechor.


Leonardo Boff 
22 ENE 2016

jueves, 4 de febrero de 2016

Perseverancia


Primera aproximación. Mantener a las personas superficiales a distancia sin resultar antipático. Perseverancia.
Existen momentos en que debemos retirarnos ante fuerzas más poderosas y almas superficiales. No se puede conformar a todos ni apaciguar mentes superficiales, ni almas indiferentes. Es preferible en estas circunstancias tomar cierta distancia ya que, en momentos de revés estamos emocionalmente más sensibles y no es conveniente enredarnos en discusiones poco productivas con este tipo de personalidades.
¿El periodo de retirada es una forma de resistencia?
Los tiempos de retirada son confusos. Una retirada no es un fracaso sino un medio para salir del peligro, la meta es la autoconservación. Al resguardarnos del desastre inminente nos damos tiempo para recuperarnos, analizar la situación y buscar mejores caminos para avanzar.
Retrayéndose cuando los otros son más.
Recluirse para que no te desestabilicen. Mantener la claridad de mente y no avanzar.
El otro no debe desestabilizarte.
Retirarse es éxito.
El sabio aleja a los vulgares mesuradamente, sin enojarse.
Apartarse, eludir.
En lo pequeño es propicia la firmeza.
Son tiempos confusos, la vulgaridad está a sus anchas. Vulgaridad en las opiniones. Vulgaridad en las acciones. Una vulgaridad que no se reconoce exteriormente sino que se hace visible cuando al ser expresada: el odio, la revancha, la satisfacción ante el dolor ajeno. O, peor aún, la indiferencia ante el sufrimiento del otro. Vulgaridad en la manifestación de lugares comunes que reemplazan a el más mínimo ejercicio de pensamiento.
En estos momentos de restauración de una cosmovisión donde el único fin es el “ganar dinero” toda otra forma de vivir es avasallada por ineficiente.
El concepto de eficiencia se comprende solo con la maximización del beneficio. Una sociedad donde los vulgares solo obtengan un quince por ciento de beneficios es ineficiente. Una sociedad de la mentira. El eufemismo no trasviste solo las palabras, nos presenta a la hipocresía vestida de reina. Se pervierte el concepto cambio para devenirlo retroceso. ¡Y festejamos el engaño! Y militamos el cambio con fervor, cambio que nos arroja a la esclavitud.
Es tiempo donde la riqueza está concentrada en mínimas manos. Manos que amasan su disfrute con el plusvalor de nuestra nuda vida. ¡Y lo festejamos! Si se puede.
¿Desertar es Resistir?
Resistir puede entenderse como oponerse. Oposición directa a una fuerza. Resistir es acumular fuerzas contra la opresión, la explotación.
Toni Negri piensa que en vez de concentrar fuerzas hoy resistir sería “la circulación, la movilidad, la fuga, el éxodo, la deserción: se trata de multitudes que resisten de manera difusa y escapan de las jaulas cada vez más estrechas de la miseria y el poder.”
Resistir es fugar de la obediencia a un gobierno que sirve a intereses concentrados. Desobedecer, no confrontar. Devenir ingobernables. Retirarse. Fugar de un “productivismo desenfrenado aliado a una precarización generalizada, movilización de la existencia de cara a objetivos cuyo sentido escapa a todos”.
Segunda aproximación. Hace unos días recibí un correo electrónico de “Cambiemos”. En se me explicaba la necesariedad del aumento de las tarifas electricas debido a que el “país atraviesa una crisis energética y el sistema eléctrico está al borde del colapso.” Por lo tanto, “para ordenar el sistema eléctrico, incentivar la inversión y cuidar a quienes más lo necesitan, se resolvió... recortar los subsidios a la generación y eliminar los que se aplicaban a la distribución de electricidad en Capital y Gran Buenos Aires, que eran los únicos distritos que aún recibían el beneficio. El resto del país le estaba pagando el subsidio de distribución a Buenos Aires... No vamos a seguir escapando al problema, es necesario enfrentarlo juntos con estas medidas, es un largo proceso que llevará al menos dos años, pero es el camino correcto.”
Este camino correcto me hizo recordar unas reflexiones que Rubén Dri expresó en un improvisado grupo operativo en Plaza de Mayo con motivo del acampe de diversos movimientos sociales. Él dijo que recordaramos las palabras que estaban escritas en el cartel por donde Dante entraba al infierno:
“Por mí se va hasta la ciudad doliente, por mí se va al eterno sufrimiento, por mí se va a la gente condenada... Dejen, los que aquí entran, toda esperanza.” Estas palabras de color oscuro vi escritas en lo alto de una puerta; y yo: «maestro, es grave su sentido. » y, cual persona cauta, él me repuso: «debes aquí dejar todo recelo; debes dar muerte aquí a tu cobardía. Hemos llegado al sitio que te he dicho en que verás las gentes doloridas, que perdieron el bien del intelecto. »
Reverberando queda lo de gentes que perdieron el bien del intelecto. Y eso puede ocurrirnos si decidimos tragarnos cualquier disparate sin molestarnos en verificar su significado o analizar sus raíces.
El mismo día en que recibí el dichoso correo electrónico, una persona a la que le tengo cariño me dice con respecto al aumento de las tarifas que es necesario que hagamos este sacrificio porque el país está tan mal. Este pequeño acontecimiento me hizo enojar y mucho. Trague mi bronca pensando tomar para no enredarme en una discusión. Deleuze usa un concepto de Primo Levy que me parece adecuado a esta situación sentí “la vergüenza de ser un hombre”. ¿Por qué? Por no registrar que no es necesario tal sacrificio, que no podemos aceptar flagrantemente tal mentira. Ese supuesto sacrificio solo sirve para que los propietarios del país se enriquezcan aún más.
Sigo reflexionando con Deleuze: resistir es crear, crear es resistir. Resistir a los arrastres de la opinión corriente, a todo ese dominio de interrogación imbécil. El motivo del pensamiento es una cierta vergüenza de ser un hombre, que hace liberar la vida que el hombre ha encarcelado. El hombre no deja de encarcelar la vida, no deja de matar la vida. Pensar es verdaderamente una resistencia, una liberación de la vida. Pensar es huir del lugar común, de la vulgaridad.