Si
un hombre persistiera en su locura, se volvería sabio. William Blake
El
Loco es un nómada enérgico, inmortal y presente en todas parles. Es
el más poderoso de todos los Arcanos del Tarot. Puesto que no tiene
número fijo, es libre de viajar a su capricho, perturbando el orden
establecido en sus correrías. Como ya hemos visto, su fuerza le ha
conducido a través de los siglos hasta las cartas actuales, donde
sobrevive en la forma del Joker o comodín. Ahí también sigue
alterando el orden establecido; si es en el poker, puede sustituir al
Rey y a toda su corte. En cualquier otro juego, irrumpe
inesperadamente creando lo que llamaríamos un jaleo descomunal.
A
veces, cuando hemos perdido una carta le pedimos que la sustituya,
función que encaja a la perfección con su matiz multicolor y su
amor por la mímica. Pero la mayoría de las veces no sirve a un
propósito definido. Quizá lo guardamos en la baraja como si fuera
una mascota, de la misma manera que la corte mantenía a su bufón.
En Grecia existía la creencia de que dar alojamiento a un loco
prevenía del mal de ojo. Guardar el Joker en nuestra baraja puede
tener una función similar, ya que hay quien ha llegado a llamar a
los juegos de cartas «los retratos del diablo».
EL
Joker conecta dos mundos entre sí, aquél cotidiano en que la
mayoría vivimos la mayor parte del tiempo y el mundo no verbal de la
imaginación, poblado por los personajes del Tarot y que visitamos
ocasionalmente. Como Puck, el bufón del rey Oberón, nuestro
Joker se mueve libremente entre estos dos mundos y, como él también,
los confunde de vez en cuando. A pesar de sus maneras algo tramposas,
parece importante mantener al Joker en nuestra baraja moderna, para
que pueda seguir uniendo los «juegos que la gente juega» con el
mundo arquetípico de los antepasados. Sin duda alguna, vigila y
transmite nuestros actos a Alguien Allá Arriba.
Actuar
como espía del rey era uno de los cometidos importantes del bufón.
Tratándose de un personaje privilegiado podía mezclarse fácilmente
entre las gentes y husmear entre las charlatanerías y valorar los
comentarios políticos. Hay un dicho italiano todavía en uso, «ser
como el Loco en el Tarocchi (Tarot)», que quiere decir ser
bienvenido en cualquier lugar.
También
el loco de Shakespeare podía actuar como el alter ego del
rey en otros aspectos importantes. Por ejemplo, en El rey
Lear parece simbolizar una sabiduría real que el propio Lear no
alcanza hasta el final de la obra. Según James Kirsch, el loco del
rey Lear personifica la parte central de la psique, la fuerza que nos
guía y que Jung llamó el sí-mismo. En el Tarot, como veremos, el
Loco tiene a veces el mismo papel. Y como su equivalente
shakesperiano, el bufón no para ni un momento de moverse en la
escena irrumpiendo aquí y allá sin que nunca podamos atraparlo. Le
gusta estar allí donde hay acción, y si no la hay, la crea.
Frecuentemente,
los dibujos de bufones de corte aparecen con un perro. Como el perro
real, el bufón también pertenecía en propiedad al rey y los dos
acompañaban a su dueño a donde fuese. Podemos pensar fácilmente
que la relación entre estos dos «animales» de corte fueron muy
estrechas, incluso más que las de amo y animal, ya que, en cierto
sentido, eran hermanos.
En
muchas barajas de Tarot, el Loco aparece con un perrito que le está
mordisqueando, como si tratara de decirle algo. En el Tarot de
Marsella podemos imaginar la naturaleza del mensaje del perro. En el
Tarot de Waite el animal parece ladrar para avisarle del peligro que
tiene delante. En cualquier caso, el Loco está tan cerca de su lado
instintivo que parece no hacerle falta mirar por dónde anda, en el
sentido literal de la palabra; su naturaleza animal guía sus pasos.
En algunas cartas del Tarot, el Loco está dibujado como ciego,
enfatizando así su capacidad de actuar por visión interna más que
visual, usando la sabiduría intuitiva en lugar de la lógica
convencional.
Como
el alocado tercer hermano de los cuentos de hadas, que se atreve a
entrar donde los ángeles temen hacerlo y consigue la mano y el reino
de la princesa, el modo espontáneo como el Loco se enfrenta a la
vida combina a la vez sabiduría, locura e insensatez. Cuando se
mezclan estos ingredientes en la proporción adecuada, los resultados
son milagrosos, pero si se mezcla la fórmula mal, todo puede acabar
en un desastre. Entonces es cuando el Loco enloquece, cosa que,
tratándose de un loco, no debe extrañarnos. A menudo se lo dibuja
como Tonto, con orejas de burro, pues sabe que admitir la propia
ignorancia es la mayor sabiduría y la condición necesaria para todo
aprendizaje.
Nuestro
Loco interior nos empuja hacia la vida, donde la mente pensante es
muy prudente. Lo que desde lejos parece un precipicio puede ser, si
nos acercamos a la manera del Loco, simplemente un pequeño barranco.
Su energía barre cualquier cosa que se le ponga por delante,
arrastrando a otros como si fueran hojas llevadas por el viento. Sin
la energía del Loco, no seríamos más que meras cartulinas.
En
el libro The Greater Trumps, Charles Williams explora una
idea similar. Ahí el Loco es la figura central del Tarot. Verle
bailar es entender el misterio de toda creación, puesto que su
esencia lo abarca todo y es paradójica. Camina hacia adelante,
aunque mira hacia atrás, conectando así la sabiduría del futuro
con la inocencia de la infancia. Su energía es inconsciente y sin
rumbo, pero con un claro propósito en sí mismo. Se mueve fuera del
espacio y del tiempo. Los aires de la profecía y la poesía moran en
su espíritu. Aunque vaga sin rumbo fijo, permanece intacto a través
de los años. Su vestimenta multicolor nos recuerda el arco iris con
los destellos de la eternidad. Como las formas de un caleidoscopio
que aparecen y desaparecen, así el Loco entra y sale de nuestro
mundo, irrumpiendo de vez en cuando entre los Arcanos del Tarot como
veremos más adelante.
Su
naturaleza cambiante parece expresarse en su cetro de bufón, donde
figura una cabeza réplica de la suya, con la que frecuentemente está
en seria conversación. Esta idea está realizada en formas muy
sutiles. En algunas barajas, un Loco de aspecto serio sostiene un
espejo, cuya imagen parece burlarse y le saca la lengua. En una
baraja austríaca del siglo XV, una mujer bufón sostiene el espejo
¡hacia nosotros! La imagen en el espejo es aquí la de una triste
figura masculina, y aparece una inscripción: «Mujer bufón mirando
su cara de idiota en un espejo».
M uchas
de las ambigüedades del arquetipo del Loco están dibujadas en una
baraja francesa de origen desconocido que alguien me dio hace ya
treinta años y que no he visto reproducida en ningún otro lugar. En
esta carta, el Loco aparece dibujado como un viejo mendigo con barba
blanca y ojos tapados. En su mano derecha lleva su cetro de bufón
(su alter ego) de forma que le precede y le guía en sus pasos
vacilantes. Quizá hace sonar sus campanillas para advertir al Loco
del cocodrilo que espera agazapado. El perrito que ladra a su dueño
también parece avisarle de algún peligro. Como señal de que este
mendigo está en contacto con su lado instintivo, lleva bajo su brazo
izquierdo un violín. Su música le acompañará mientras cante por
su cena en el próximo pueblo, ayudándole a mantener su alma en paz
y armonía a lo largo del solitario camino.
En
marcado contraste con el joven Loco del Tarot de Waite, al que vimos
justo a punto de emprender su aventura, este viejo vagabundo se
acerca ahora al final de su largo viaje. No es ciego, pero lleva los
ojos vendados, indicándonos que su ceguera es voluntaria para no
atender a los estímulos que le llegan del exterior, para poder
contemplar la vida con el ojo interior. Ha prescindido también de la
compañía humana y se dedica a dialogar con su sí-mismo intuitivo,
personificado en su cetro de bufón, y con la muda compañía de su
perro. La eterna y tradicional figura del arquetipo del triste y
sabio Loco se ha mantenido viva en la literatura y el arte a través
de los siglos y aparece hoy ante nosotros en la figura del payaso
chaplinesco y los tristes bufones, cuyos mundos contemplan al nuestro
desde los lienzos de Picasso, Rouault y Buffet. El triste Loco está
emparentado con el arquetipo del Viejo Sabio, un prototipo que
veremos personificado en ia carta número nueve: El Ermitaño.
El
lugar que ocupa este bufón en la serie del Tarot es apropiadamente
quijotesco. En algunas barajas, con el número cero, abre el mazo; en
otras, con el veintidós, clausura el desfile de los Arcanos. Desde
nuestro punto de vista, el hecho de que vaya el primero o el último
no tiene importancia; es ambos y ninguno de ellos. Por ser una
criatura de movimiento perpetuo, bailará a través de las cartas
cada día, conectando interminablemente el principio con el fin.
Como
es de esperar, los detalles del vestuario del Loco combinan en su
diseño muchos opuestos. Su capucha, aunque concebida como burla de
la del monje, revela sin embargo una conexión sería con el
espíritu. Sus campanillas son eco del momento más solemne de la
misa y, haciéndonos recordar la fe infantil de los locos, nos
remiten a la exhortación de San Pablo: «Seamos locos, por la causa
de Cristo».
El
talismán del bufón, una cresta con cascabeles, combina una verdad
muy seria con adornos alegres. El gallo con su canto nos avisa del
amanecer de un nuevo concienciamiento, un despertar de nuevo a las
antiguas verdades. Por lo que se ve, este milagro no se va a efectuar
en los cielos estrellados sino en el alboroto del corral. En lugar de
amaneceres irisados y ángeles con trompetas de oro, el Loco nos
muestra la cresta de un gallo, ese bello y fértil pájaro que tiene
una conexión tan significativa con Getsemaní. A la luz de estos
comentarios, parece apropiado pensar que los albigenses, a quienes
atribuimos la creación de estos Arcanos, lo escogieron para
disfrazarse a sí mismos, como los locos. Sintiéndose traicionados
por la corrupción de la Iglesia, ellos también proclamaron un nuevo
espíritu; debieron sentirse felices al hacer enloquecer a las
autoridades, camuflando sus ideas revolucionarias entre las cartas de
una baraja de juego.
El
vestido del Loco es el símbolo por excelencia de la unión de
diferentes tipos de opuestos. Sus colores variados y su diseño
irregular parecen hablarnos de un espíritu en discordia, aunque
entre este caos aparente se discierne un modelo de orden. El Loco se
presenta a sí mismo como el puente entre el caótico mundo del
inconsciente y el ordenado mundo de la conciencia. Por este motivo,
como veremos más adelante, lo relacionamos con el arquetipo del
Embaucador.
La
palabra «loco» (fool) procede del latín follis que
quiere decir «fuelle, globo, saco de aire». Una baraja austríaca
nos muestra al Loco con capucha de monje y cascabeles, tocando la
gaita. En los circos actuales vemos cómo los payasos llevan fuelles
y se sacuden mutuamente con capuchas vacías, manteniendo así la
sonada locura de sus orígenes. Los fuelles proporcionan el oxígeno
necesario para la combustión, de la misma manera que el Loco
proporciona el espíritu o el ímpetu para la acción. Él nos
«enciende». A veces el Loco del Tarot lleva una pluma en el
sombrero, lo cual nos hace pensar también en su conexión con los
espíritus celestiales. El bufón puede ser también como un globo,
lleno de aire caliente como la palabra «bufón» sugiere (del
latín bufo, que significa «sapo» y del
italiano buffare «soplar»).
En
el Loco los extremos se tocan siempre. William Willeford hace
notar que tradicionalmente el bufón estuvo conectado con el falo en
ambos sentidos, en el impúdico y en el de fertilidad. El falo se
llevaba en las procesiones griegas y romanas, así como también lo
llevaban los Arlequines del Renacimiento. Un ejemplo más
actual de este tema es el pequeño ser creado por la revista
humorística británica Punch, cuyo personaje es un ser
diminuto con un inmenso falo. Los bufones de las cortes europeas a
menudo llevaban una capucha con forma de falo. Su bastón con dos
campanitas colgantes es obviamente otro símbolo de fertilidad; su
«herramienta». Al mismo tiempo, este juguete es el cetro del Loco,
lo que le conecta con el Rey como su alter ego.
Algunas
veces el Loco, a quien pintan como el equivalente del Rey, lleva una
corona. La corona es simbólicamente un halo de oro abierto por su
parte superior para recibir la iluminación desde lo alto. Así pues,
ambos, el rey y el Loco, reciben la inspiración divina. Dado que el
rey reina por derecho divino, su equivalente tiene un derecho
igualmente divino para criticarle y ofrecerle sugerencias
alternativas.
La
ilustración siguiente nos muestra un rey y un bufón actuales.
Sorprendentemente parecidos en su fisonomía, estos dos personajes
llevan coronas idénticas y peculiares. Estos tocados son negros,
cuadrados y sólidos en su parte alta, así que parecen techos en
miniatura que les protegen a la vez de la iluminación del cielo y de
sus lágrimas. Muchos creen que estas coronas no tienen valor hoy en
día y a los que las llevan se les ha llamado «cuadrados». Estos
tocados hacen que todos sus portadores se parezcan y se comporten de
manera similar. Como muestra la ilustración, es difícil saber a
veces quién es el rey y quién el bufón. La misión del bufón real
era recordarle sus extravagancias, la mortalidad de todas las
personas, así como ayudarle a defenderse de los frutos de sus
pecados y de su propio orgullo. Un bufón que sea casi igual que el
rey no puede serle útil en este aspecto, así como tampoco puede
defenderle del «mal de ojo». Como se pudo comprobar en «el caso
Watergate» en los años setenta, un tribunal compuesto
exclusivamente por tiralevitas está condenado.
Debido
a que el Loco contiene polos de energía opuestos, es imposible
detenerlo. En el momento en el que pensamos que hemos atrapado su
esencia da media vuelta, regresa a su opuesto y se burla desde atrás.
Es la combinación de su ambivalencia y de su ambigüedad lo que le
hace ser tan creativo. Sobre este aspecto del Loco, Charles Williams
dijo: «Se le llama Loco, pues la humanidad piensa que está loco
hasta conocerlo; es soberano y nada, y si no es nada, entonces es un
muerto viviente». El Loco abarca todas las posibilidades.
Parece
significativo que, hoy en día, los jóvenes de corazón de cualquier
edad vayan como él, vestidos de colorines y parches, con capuchas y
campanas. Muchos se convierten en trotamundos que viajan con un saco
con todas sus pertenencias mundanas a la espalda. Alan McGlashan, en
su libro The Savage and Beautiful Country, considera este
fenómeno como un intento del inconsciente por volver a las raíces a
buscar el creativo suelo del Edén, para reactivar el poder ilimitado
de la primera creación. Muchos jóvenes abandonan en la actualidad
reconocidas instituciones de enseñanza superior para buscar la
verdad que se halla más profundamente enraizada en el suelo de su
ser esencial. Quizá los colores psicodélicos de los años sesenta y
setenta ya presagiaban el amanecer de una nueva conciencia para toda
la humanidad.
El
nombre francés del Loco, Le Fou, afín a la palabra
«fuego» (le feu), hace eco de su conexión con la luz y
la energía. Como nos podría decir el mismo bufón: «Soy luz y
viajo en la luz» (ambos aman los juegos de palabras). Como un
símbolo del fuego de Prometeo, el Loco arquetípico personifica el
poder transformador que creó la civilización y que también puede
destruirla. Su capacidad para crear o destruir, de orden y de
anarquía, se refleja en la manera en que lo presenta el antiguo
Tarot de Marsella. Lo descubre andando por su propio camino sin
importarle en absoluto lo que la sociedad piense de él, sin siquiera
un camino que le guíe, aunque lleva el traje de bufón, lo cual nos
indica que posee un lugar preeminente dentro del orden gobernante. En
la corte, juega un papel único como compañero del rey, su
confidente y crítico privilegiado. Como al Coyote embaucador de los
Navajo, al Loco se le concede un papel especial en el orden social.
Su presencia sirve a los poderes reinantes como recordatorio de que
la necesidad de anarquía existe en la naturaleza humana y que debe
de tenerse en cuenta.
La
presencia de bufones en cortes y familias nobles empezó en época
muy remota y se mantuvo hasta el siglo XVII. Esta práctica nos
muestra la idea de que hemos de dejar un lugar al factor que
rechazamos en nosotros y admitirlo en nuestra pequeña corte
interior, lo que psicológicamente significa que lo hemos
de admitir. Es bueno mantener al Loco visible, donde
podamos vigilarlo. Si lo excluimos de nuestra conciencia puede
jugarnos malas pasadas que, aunque puedan ser «prácticas», son a
veces difíciles de apreciar. Si lo aceptamos en nuestro interior, el
Loco puede traernos ideas frescas y nuevas energías. Si vamos a
beneficiarnos de su vi talidad creativa, hemos de estar
dispuestos a soportar su comportamiento poco convencional. Sin sus
observaciones crueles y sus sabias amonestaciones nuestro paisaje
interior podría tornarse estéril. Así, el antiguo refrán que dice
«albergar en casa a un loco protege del mal de ojo» no es solamente
una superstición, sino que es una verdad psicológica de valor
constante.
Otra
técnica usada en la antigüedad para asegurar a la sociedad contra
las sublevaciones imprevistas de las necesidades cíclicas de
destrucción era conceder ciertos períodos de permisibilidad, como
las Fiestas de los Locos, donde se suspendían por unos días todos
los convencionalismos establecidos. En estas ocasiones el orden
natural de las cosas se trastocaba. Los rituales más sagrados se
parodiaban de manera obscena, se ridiculizaba a los dignatarios del
Poder y de la Iglesia, permitiendo así que se ventilaran los
sentimientos de rebelión y hostilidad que habían estado reprimidos
por mucho tiempo.
Hoy
en día el espíritu de esta fiesta saturnal pervive diluido en las
celebraciones de Carnaval y, en menor escala, en el día de los
inocentes, Nochevieja y San Juan, en circos, desfiles, rodeos,
festivales de rock y otros acontecimientos en los que pervive el
espíritu festivo. La erupción en nuestra cultura de la magia negra,
así como el interés creciente por la brujería y los adivinos, nos
indica la necesidad que tenemos de incluir lo irracional de una forma
más aceptable.
Hay
maneras mucho menos dramáticas de aceptar al Loco en nuestras vidas;
una de ellas es admitir libremente nuestra propia locura. Cuando
logremos hacerlo en una situación conflictiva, los resultados pueden
ser insólitos. Al no hallar resistencia, el antagonismo cae de
bruces y el adversario se queda haciendo una pirueta en el aire. Más
claramente, la energía que antaño usábamos para defender nuestra
propia estupidez se libera para usos más creativos. En cuanto se
puede abrir el corazón para admitir al Loco, sucede con frecuencia
que la risa disipa la hostiliddad y todas las partes del anterior
conflicto terminan con Puck riéndose de la locura de los mortales.
En cualquier caso, el Loco es un buen personaje a quien consultar
cuando todos nuestros planes se tuercen, dejándonos desvalidos a la
deriva. En estas ocasiones, si escuchamos, podremos oírle decir
mientras se encoge de hombros: «Aquel que no tiene meta fija, no
puede perder nunca su camino».
Como
ya he mencionado antes, hay muchísimas versiones del Tarot. Hemos
mostrado varias de las diferentes figuras del Loco en el Tarot, ya
que cada una de ellas permite resaltar alguna faceta importante de su
compleja personalidad. La primera de ellas es una vieja carta suiza
que nos lo muestra como puer aeternus, joven de vigor inmortal
(aunque tenga siglos de edad). Su cetro recuerda la flauta mágica de
Papageno, que podía hacer bailar a sus enemigos tras disipar su
odio. Si pudiéramos sintonizar con ella, sin duda seria una bella
manera de evitar la discordia y la guerra.
La
flauta también nos recuerda aquel infame «Flautista de Hamelin».
(Existe de hecho una baraja alemana en la que dibujan al Joker como
el flautista seguido por ratas encantadas.) De esta misma manera, el
Loco de la baraja suiza puede sacarnos de los convencionalismos en
los que estamos inmersos y devolvernos al mundo infantil de la
fantasía y de la imaginación. Hay que tener cuidado, sin embargo,
con su magia: si olvidáramos pagarle podría tenernos bailando como
sus ratones, prisioneros en el mundo de los instintos, sin ningún
tipo de salvación hasta que le hayamos pagado la deuda pendiente.
Parece urgimos a mantener una buena relación con nuestro Loco. Así,
como él, podremos viajar libremente, entrar y salir de los mundos de
la fantasía etérea y de la realidad terrena.
Un
buen ejemplo del acuerdo laboral entre el mundo de los adultos y el
de la eterna niñez se simboliza en la historia de Peter Pan. Este
chico, como el flautista de Hamelin, se llevaba a los niños fuera de
lo establecido. Aunque no llevara los cascabeles del Loco, podía
volar y le gustaba cantar como un gallo. Como el Loco arquetípico,
abarca los opuestos, ya que tiene una sombra oscura que sabiamente
cosió sobre sí mismo para que no se le perdiera ni olvidara.
Cuando
Peter Pan se llevó los niños de la señora Darling al país de
Nunca-Jamás, ésta quedó muy desconsolada, así que Peter Pan hizo
un trato con lo establecido: Wendy podría vivir en su casa la mayor
parte del tiempo con la condición de que, de vez en cuando,
apareciera por el país de Nunca-Jamás para ayudar en la limpieza de
primavera. Quizá, si admitimos al Loco en nuestra vida, nos enseñe
a volar y nos provea de un salvoconducto para su país, siempre que
le ayudemos a arreglarse un poco. Por supuesto, necesita nuestro
intelecto ordenado en su país de Nunca-Jamás tanto como nosotros
necesitamos su vitalidad y su creatividad para nuestro mundo de
Siempre-Siempre.
El
aspecto engañoso del Loco es realmente engañoso. Como observa
Joseph Henderson, el tramposo es completamente amoral. No se somete a
disciplina alguna y sólo se deja guiar por su actitud experimental
hacia la vida; de la figura de este tramposo finalmente surge la del
Héroe-Salvador. Una necesidad ineludible para esta transformación
es que el joven tramposo tenga que pagar por sus escándalos.
Literalmente, Henderson dice que «el impulso del tramposo nos
proporciona el mayor obstáculo para la iniciación y es uno de los
problemas más duros que tiene que resolver la educación, puesto que
parece como una ilegalidad divinamente sancionada que promete
convertirse en heroica».
Debido,
quizá, al tardío reconocimiento del poder heroico de la juventud,
la sociedad admite hoy sus maneras y modos, vestimentas e incluso
cierta ilegalidad en los jóvenes. El hecho de que muchos adultos
adopten vestidos y costumbres juveniles puede indicar un intento
inconsciente de encontrar en ellos mismos su potencial heroico no
realizado.
Algunas
veces, este ensayo inconsciente de contactar con el potencial
irrealizado de heroísmo interior puede surgir de manera extraña y
violenta. Un ejemplo notorio fue el intento de asesinar al presidente
Ford, que protagonizó la joven Squeaky Fromm. No contenta con hacer
el papel del bufón arquetipo, como un atrevido equilibrio de las
reglas y leyes establecidas, Squeaky quiso acabar de una vez con
el establishment. «No resultó», dijo ella. Pero este
joven Loco descarriado consumó su actuación cuando en la portada de
la revista Newsweek (15 de Septiembre, 1975) apareció su
fotografía llevando en la cabeza la típica gorra roja del Loco.
En
nuestro viaje hacia la individuación, el Loco arquetípico a menudo
nos muestra tanto la resistencia como la iniciativa inherentes a su
naturaleza, e influye en nuestras vidas de manera más creativa y
menos drástica. Su curiosidad impulsiva nos conduce hacia sueños
imposibles mientras que, al mismo tiempo, su naturaleza juguetona nos
devuelve de nuevo al mundo fácil de nuestra infancia. Sin él no
emprenderíamos nunca el esfuerzo del autoco-nocimiento; pero con él
estamos siempre tentados de quedarnos vagando por los aledaños. Dado
que es una parte de nosotros mismos separada de nuestro ego
consciente, puede tendernos trampas mentales, como mínimo
confundiendo nuestra lengua o provocándonos lapsus. A veces, sus
bromas nos introducen en lugares donde nuestro ego nunca se hubiera
atrevido a ir.
Es
evidente que el Loco como Héroe-Tramposo puede jugarnos pasadas
buenas o malas según el punto de vista de cada uno. Marie Louise von
Franz lo califica de «mitad diablo mitad salvador... puede ser a la
vez destruido, transformado o reformado al final de la historia». En
los siguientes capítulos vamos a ver al Loco del Tarot (y/o héroe)
a través de los veintiún estadios de su transformación. Muchos
milagros han de suceder para que el loco conglomerado de energías
simbolizado por el bufón en la carta cero, emerja en la carta
veintiuno como el Mundo, un bailarín sereno que se mueve al ritmo de
las esferas.
En
la baraja suiza, al Loco se le llama Le Mat, literalmente
«el demente». A menudo, los bufones de la corte eran realmente
retrasados mentales. Aunque cortos en materia de intelecto, tenían
una relación especial con el espíritu. Cuando llama a este Loco
«una figura religiosa arquetípica», von Franz la conecta con la
función inferior, el término junguiano para el aspecto no
desarrollado de la psique. En su libro Lectores on Jung's
Typology compara al Loco con «una parte de la personalidad,
incluso de la humanidad, que quedó atrás, arrinconada, y por eso
lleva aún en sí la totalidad original de la naturaleza».
Cariñosamente
llamados a veces «los amigos de Dios», estos locos eran mantenidos
y mimados por la sociedad. Esta costumbre sobrevive hoy y tiene su
paralelismo en «el tonto del pueblo», que suele ser mantenido y
protegido por toda la villa. Solamente en las sociedades que se
llaman a sí mismas desarrolladas, estas aberraciones de la norma ya
no se toleran sino que se les envía a instituciones.
Si
el Loco se presentara por ahícon su nombre italiano, Il Matto, esto
es el demente, seguramente lo habrían echado de nuestra sociedad,
pues la demencia es una condición del espíritu humano muy temida
hoy en día. Aquí también vemos cómo el poder establecido se
vuelve cada vez más intolerante con lo que se desvíe de lo que se
ha decidido llamar «normal». No cabe la menor duda de que el
aumento alarmante del consumo de drogas es atribuible, en parte, a la
severidad de las generaciones que nos precedieron. Aparentemente,
sólo las drogas podrían hacer que la conciencia se durmiera tanto
como para sentirnos capaces de derribar las barreras artificiales que
separaban estos dos mundos. Ahora, muchos de los que usaron drogas
para dinamitar el camino que les sacaba de aquella rígida prisión
cultural, se encuentran desarmados al otro lado de la barrera,
incapaces de encontrar cobijo de ningún tipo ante los caóticos
vendavales de la psicosis. Las enfermedades mentales aumentan de
manera alarmante. Irónica pero no sorprendentemente, la cosa que más
temíamos nos ha caído encima.
Paradójicamente,
la ruta hacia la verdadera salud pasa a menudo a través del
infantilismo y la locura. En ciertas ceremonias primitivas, el médico
y el paciente actúan «como locos» para conseguir que el mal
imperante se invierta, conviertiéndose en su opuesto. En El rey
Lear, el protagonista, desamparado como un niño, tiene que
vagar sin ayuda de ningún tipo por las tormentas y por los calores
hasta que por fin puede llegar a una nueva, real y clara visión de
su alma. Es una característica de la visión interior de Shakespeare
que Edgardo, disfrazado de loco, sea el que conduzca a Lear hasta la
salud mental. El Loco puede hacer de demonio, induciéndonos a la
locura, pero puede también conducirnos hacia el camino de la
salvación.
Comentando
el aspecto salvador del infantilismo y la locura, McGlashan dice lo
siguiente: «El hombre debe regresar hasta sus orígenes personales y
raciales, y aprender de nuevo las verdades de la imaginación. Y en
este trabajo le van a ayudar dos extraños maestros: el niño, quien
ha entrado a medias en el mundo racional del espacio y del tiempo, y
el loco, que ha escapado a medias de él. Pues sólo estos dos seres
están liberados, de algún modo, de la presión del remordimiento
del acontecer diario y del incesante impacto de los sentidos externos
que atormentan al resto de la humanidad. Estos dos tipos originales
viajan ligeros, van lejos en sus solitarios viajes trayéndonos a
veces una ramita brillante del Bosque de Oro por el que se han
paseado.»
El
Loco como Salvador en potencia es lo que muestra la baraja pintada
con cariño a principios de siglo bajo la dirección de A. E. Waite.
Este delicioso joven paje con su vestido floreado y una rosa en la
mano, parece casi andrógino, combinando de modo feliz las cualidades
masculinas y femeninas a la vez. En muchas culturas primitivas los
dioses, así como los primeros humanos, se consideraban bisexuales,
lo que simbolizaba el primitivo estado de totalidad que existía
antes de que se separaran los opuestos: cielo-tierra, macho-hembra.
El
vestido que lleva el Loco le conecta, pues, con las dos cosas a la
vez: con el poder primordial del Creador y con la inocencia de lo
recién creado. A pesar del precipicio que tiene delante, el joven
Loco de Waite baila sin preocuparse por ello. Su cabeza está rodeada
de las nubes de ensueño de un mundo perfecto, liberado de toda
miseria, y su corazón anhela aventuras y amoríos. Tiene un aspecto
tan ingenuo como Parsifal. Como Parsifal, el Gran Loco, no tiene ni
idea de lo que debe preguntarle a la vida, o ni siquiera que haya que
preguntarle algo; tiene, sin embargo, un perrito que puede olfatear
el peligro y le ayudará a evitarlo.
Como
le sucede a Parsifal, la conexión que tiene el Loco con su aspecto
instintivo tiene el poder de salvarle no sólo a él, sino a toda la
humanidad- Joseph Campbell ha escrito que es precisamente la completa
seguridad que Parsifal tenía en su intuición natural lo que le
hacía pasar por alto las costumbres establecidas, los
convencionalismos y los consejos de sus mayores, de manera que al
final hizo la única y sencilla pregunta necesaria para redimir al
Mundo Perdido en su totalidad. Quizás el joven Loco de Waite se
salvará a sí mismo (y a todos nosotros). Como le sucede al príncipe
Mishkin de El idiota de Dostoievski, es la personificación
del poder redentor de la sencillez más la fe. Como todos los locos,
ha sido tocado por la mano de Dios.
Dios
toca a los locos de muchas maneras; en tiempos pasados, las
deformidades del cuerpo se veían como señales especiales de Dios.
Enanos, jorobados, eran escogidos a menudo para hacer de bufones en
las cortes o casas reales de la época. Algunos padres avariciosos
hicieron que sus hijos sufrieran tales deformaciones vendándoles
para que pudieran aspirar a ocupar ese lugar tan deseado en la corte.
Sin pararse a comprobar si estos seres eran así debido a la mano
milagrosa de Dios o a los trucos y La maldad de sus padres, lo cierto
es que la mayoría de las veces eran seres dotados de una profundidad
y sabiduría insólitas. Excluidos por su deformidad física de los
intereses y actividades de la mayoría de las personas, a través de
su sufrimiento y de su soledad estas gentes se vieron forzadas a
encontrar recursos en su propio interior. La ironía del payaso
triste ha sido tema de grandes obras de arte, como el lienzo de
Picasso, el de Rouault y también en el
escenario, Rigoletto y Pagliacci, pero en ningún
sitio ha sido tan admirablemente descrita la dignidad humana y la
capacidad del espíritu de trascender el sufrimiento como en Don
Sebastián de Morra, de Velázquez.
E l
Loco, sea como bufón, como payaso de circo o como tramposo, es
siempre un ser solitario y triste que está alejado del cotilleo
anónimo que disfruta del mundo que le rodea. En la baraja moderna
llamada Tarot acuariano, aparece el Loco que capta esta idea solemne
de otra manera. En los anteriores locos de otras barajas, lo
hemos visto siempre moviéndose hacia la derecha (tradicionalmente el
lado de la consciencia), mientras que aquí lo hace hacia la
izquierda, hacia la siniestra (lado de la inconsciencia). Todos los
otros locos están saliendo hacia el mundo extravertido de la acción,
simbolizando la evolución de la conciencia hacia la experiencia
exterior. El Loco acuariano, como no lo hicieron muchos jóvenes de
las generaciones anteriores, se marcha de este lipo de realidad para
llegar con calma a vislumbrar el borde de otro mundo. Quizás como
muchos jóvenes de su edad, está saliendo a la exploración del
mundo interior de sueños y visiones. Es de lejos el más solemne de
todos los Locos que hemos visto hasta ahora, es el ünico que parece
estar mirando hacia donde va. Parece estar dirigiendo su mirada a una
meta distante. Aunque esté dibujado como un joven, no hay nada en él
que nos haga pensar en un alocado jovenzuelo inexperto que se lance
sin meta alguna. Parece como si estuviera pensando seriamente en los
pasos de la autorrealización con la dedicación y el propósito que
sólo son habituales en la segunda mitad de la vida. Parece como si
se retirara de la vida, antes de haberla vivido. Quizás presiente
que nuestro mundo y sus valores no le proporcionan oportunidad para
la autorrealización. En principio, al regreso de este viaje a su
interior, va a traernos nuevas ideas para crear un mundo que haga su
esfuerzo más valedero.
El
Loco del Tarot acuariano es un espejo fiel de la seriedad y la
tristeza de los jóvenes de hoy, que tienen el sentimiento de haber
nacido en un mundo que les es extraño, ya que no es el mismo que
conocieron sus padres. Margaret Mead señala a menudo que,
quienquiera que haya nacido en este mundo después de la segunda
guerra mundial, lo hace en un mundo científico y cultural
desconocido para sus padres, y que seguirá siéndolo por siempre
jamás. El problema no es sólo el de una incomprensión entre ambas
generaciones, sino que existe un abismo cultural tan enorme que
podría decirse que los jóvenes de hoy han aterrizado en un nuevo
planeta, física y psicológicamente.
No
cabe duda de que éste es el abismo que el joven del Tarot de Waite
no veía venir. ¡Qué gran contraste entre este Loco de fin de siglo
y el actual acuariano! Cuando se mira a este nuevo viajero, se siente
la confianza de que él sí que tiene la capacidad de convertirse en
el Héroe Salvador que matará al dragón y nos conducirá al nuevo
reino. Parece que para esto, en primer lugar, jóvenes y mayores,
tenemos que bajar y tocar con los pies en el suelo y enfrentar
después juntos este abismo real. Quizás hace falta incluso que
caigamos dentro y toquemos fondo para encontrar entonces una base
común sobre la cual construir un nuevo mundo.
En
el Tarot de Marsella el Loco es el número cero, hecho notable, pues
el número bajo el cual «nació» nos ilumina dándonos a conocer su
carácter y su destino. Como las estrellas, los números brillan con
una realidad eterna que trasciende el lenguaje y la geografía. Se
les ha llamado «los huesos del universo», puesto que son los
arquetipos que simbolizan la interrelación entre las cosas mortales
y las inmortales.
Las
palabras son la expresión de las ideas de los hombres; los números,
expresan las realidades de Dios.
El
concepto de cero, desconocido en el mundo antiguo, no apareció en
Europa hasta el siglo XII. El descubrimiento de esta aparente «nada»
amplió de una manera importante el pensamiento del hombre.
Prácticamente, creó el sistema decimal, y filosóficamente
descubrió la asombrosa paradoja de que «nada» ocupa un espacio y
contiene un poder. Parece, pues, apropiado asignar el cero al Loco.
En las antiguas cartas italianas de Tarocchi, el Loco, fiel
a la forma, no tenía valor ninguno por sí mismo, pero aumentaba el
valor de la carta junto a la cual aparecía. Como el vacío e inútil
cero, la magia del Loco puede convertir un uno en un millón.
El
poder del cero es inherente a su forma circular. Para experimentar
las cualidades que son esenciales a esta forma, nos ayudaría
contrastar el tacto de un círculo y el de un cuadrado. Supongamos
que se quiere dibujar un círculo perfecto. Lo primero que se hará
es fijar una de las partes del compás en un punto, el cual pasará a
ser el centro. Después de eso, ya se puede trazar la circunferencia
del círculo. Mientras no se haya decidido el centro, no se puede
dibujar el círculo. Aquí no cabe preguntarse si el huevo fue antes
que la gallina, lo cierto es que el centro es lo primero; es, de
hecho, central a todo el concepto de «círculo», cosa que no sucede
en ninguna otra figura geométrica.
Un
círculo con un punto en su centro es el signo universal para
designar el sol, fuente de todo calor, luz y poder. Este jeroglífico
también designa el Huevo del Mundo, de cuyo fértil centro surgió y
sigue surgiendo toda creación. El loco, cuyo vestido de colores
abirragados han llamado muchos el movimiento continuo de lo que no
tiene centro, al igual que su número cero, no expresa nada y lo
contiene todo Pruebe a dibujar un círculo en el aire; este
movimiento es tan natural y tan fácil que habiendo empezado es
difícil no llegar hasta el final. Se puede sentir cómo el círculo
ha pasado a significar lo naturalmente lleno, el movimiento perpetuo
y lo infinito. No le pasa lo mismo, por supuesto, al cuadrado. Para
dibujar el más primitivo de los rectángulos se necesitan cuatro
trazos diferentes y, además, para hacerlo perfecto, necesita medidas
precisas. No es algo que se pueda hacer con una cuerda. El cuadrado
perfecto no se encuentra en ningún sitio en la naturaleza: es, pues,
una creación del hombre.
El
hombre se siente íntimamente ligado al movimiento circular en cada
uno de los segundos de su vida a través de su respiración y del
fluir de su sangre. El viaje de nuestra vida es también circular, ya
que nos movemos desde la intuición infantil de la niñez, a través
del conocimiento, otra vez hacia la percepción intuitiva que es la
sabiduría de la edad adulta. Un círculo tiene características que
son únicas, su indivisibilidad y su indestructibilidad; es por tanto
inmortal. No así el cuadrado. Pruebe este experimento. Pinte y
recorte un círculo en un cartón, lo parte por el medio y se lo
enseña a alguien y le pregunta qué es. Lo probable es que le digan:
«dos semicírculos» o bien «un círculo partido por la mitad».
Después hace lo mismo con un cuadrado, cortado en diagonal o bien
por su mitad vertical, pregunte otra vez qué es lo que ven. La gente
le va a contestar ahora: «dos triángulos» o «dos rectángulos»,
según lo haya cortado. En estos ejemplos, el círculo mantuvo su
identidad mientras que el cuadrado la perdió. El cero es asimismo
indestructible, ya que no se puede modificar con la suma de algo, ni
con la resta, ni con la multiplicación ni con la división.
El
círculo refleja la forma de los eternos planetas y de la gran cúpula
del cielo, conectando a éstos con nuestro globo terráqueo y
recordándonos que nosotros también flotamos en el espacio celeste.
Si nos colocamos en una habitación circular cuyas paredes extenores
sean de cristal, podríamos abrazar el universo; pero escogemos vivir
en cubículos cuadrados cuyas ventanas muestran a nuestra inspección
vistas preseleccionadas y enmarcadas para excluir a la naturaleza.
Nos gusta repartirnos el mundo de acuerdo con los moldes humanos en
vez de exponernos nosotros mismos al libre fluir de la naturaleza que
es donde mora y se mueve el Loco inclasificable.
Con
lo que hemos dicho hasta aquí puede verse fácilmente que el emblema
del Loco se ha convertido en el símbolo de la deidad no manifiesta,
del primitivo caos o vado de donde surgió por primera vez el cosmos
y todo lo creado. Se le ha conectado con el signo cabalístico «En
Soph» o la Luz Ilimitada, el principio activo de la existencia
previo a su manifestación material, la nada de la cual proceden
todas las cosas. Es por lo tanto lo que en alquimia se llama la Prima
Materia o el fondo de las cosas: «aquello en lo que todos
empezamos».
El
círculo también simboliza el Jardín del Edén, el paraíso, ese
bendito estado de inconsciencia e inocencia que la humanidad
experimentó antes de caer en las duras realidades de la consciencia.
Representa aquel vientre feliz que nos cobijó a todos como aquel
«érase una vez», antes de que el conocimiento de los opuestos
prohibidos se deslizara en nuestro jardín. Muchas pinturas muestran
el jardín del paraíso como un círculo; en el cuadro de Paolo
llamado «La expulsión», vemos un círculo en cuyo centro
un mundo redondo y verde está rodeado por un arco iris. Es el mundo
del Loco y sus colores, el mundo donde vive y desde donde nos visita
alguna vez, trayéndonos nubes de su gloria perpetua.
En
el cielo que está por encima del Edén, Paolo nos muestra al Señor;
con un dedo rígido señala a Adán y a Eva sacándolos de este
jardín para hacerles peregrinar sin hogar por siempre jamás.
¿Podemos sentirnos identificados con estos dos? ¡Cómo ansiamos
volver al hogar, al vientre del tiempo e introducirnos en él de
nuevo! La nostalgia que sentimos de nuestra infancia así como del
lugar de nuestro nacimiento refleja la gran añoranza de ser
contenidos de nuevo en el Círculo Perfecto.
En
muchas pinturas un círculo en el cielo representa un lugar sagrado,
un sagrado témenos desde donde los poderes celestiales
aparecen de manera milagrosa, desde donde los poderes divinos
irrumpen en el conocimiento humano. Esta forma se utilizará en
muchas cartas del Tarot, como veremos más adelante, y será
comentada en capítulos posteriores. Es interesante observar que la
palabra «cifra» nos conecta con la letra hebrea sephiroth, los
diez puntos del Árbol cabalístico de la vida donde se manifiesta el
poder divino.
En
su cuadro «Dios creando el Universo» William Blake
utiliza este símbolo para mostrarnos lo que él llama «el
habitáculo secreto de la deidad invisible». Desde este círculo,
una deidad con barba blanca saca un brazo largo para disponerse a
crear, compás en mano, nuestro microcósmico mundo a imagen y
semejanza de su Mundo Perfecto. Dado que la deidad no puede crear
nuestro mundo sin antes fijar un centro, la pintura de Blake nos
tranquilizará mostrándonos que nuestro mundo tiene también su
centro, un punto central de orden y significado escondido en el
centro, si logramos encontrar el camino hacia él.
Hay
mil maneras en las que nuestro mundo refleja el Gran Círculo
Superior. Muchas son las culturas que han creado templos e iglesias
en forma circular: Stonehenge, Santa Sofía, el templo de Delfos son
los ejemplos más destacados. La etimología de la palabra «círculo»
nos conecta con todo lo dicho anteriormente. Las palabras inglesas
«church» y «kirk» se relacionan con «circle», círculo, y ésta,
como lugar de reunión popular, nos remite a iglesia, reunión de
fieles. La palabra griega kirkos (pregonero) era el nombre
de la imagen del sacerdocio. Vemos pues cómo el Loco, fiel al viaje
espiritual, merece este cero así como la pluma de su gorro.
Una
creencia muy común es la de atribuir al círculo el poder de
expulsar los malos espíritus fuera de su contorno y concentrar y
limitar las energías. La mesa redonda del rey Arturo tenía
ese significado misterioso y a menudo la pintan con el Santo
Grial apareciendo milagrosamente en el centro, mientras alrededor de
la misma los caballeros sentados se maravillan. Cualquier mesa
redonda, esfera o rueda zodiacal nos hace pensar en una de las
características del círculo del Loco, y es la de reunir a las
personas alrededor y en relación íntima entre sí. más
que en otros lugares donde se está más bien separado y en un orden
jerárquico. Un círculo no tiene extremo ni cabecera y cualquier
cosa o persona está a igual distancia del centro. Esta puede ser la
razón por la que nuestros diplomáticos utilizan este tipo de
mesas para resolver los problemas internacionales.
Ciertos
discos, que hoy en día despiertan nuestro interés (y que están
estrechamente relacionados con el Loco), son los platillos volantes,
esos ceros que llegan de mundos presumiblemente superiores y más
allá de nuestra comprensión.
Jung
nos sugirió que estos «círculos celestes» que se veían o que se
creen ver, pueden significar que una nueva imagen de la plenitud está
a punto de irrumpir en la consciencia. Estos platillos volantes
padecen la misma suerte que todas las visiones internas, se les tacha
de «locuras» y se etiquetan como «sin importancia», como le
sucede al mismo bufón. La Nada es un símbolo perfecto para el
estado de plenitud indivisa precedente a la creación de las cosas.
El mundo de la experiencia cotidiana es verdaderamente una ilusión
creada por el ser humano, es loque los hindúes llaman «las diez mil
cosas». Nosotros creamos el mundo que vemos tanto psicológica como
físicamente. Todo lo que hay en él procede de la nada cuando
nacemos y todo volverá a la nada cuando muramos; esta nada está
fuera del tiempo y del espacio. Es pura naturaleza, es la
esencia encubierta, detrás del velo.
«Hacemos
barcos de arcilla» decía Lao-Tse, «pero su verdadera importancia
está en su oquedad, en su vacío». Para encontrar de nuevo este
vacío natural y llenar nuestro espíritu de la infinita
bondad del silencio es para lo que se han recuperado la mayoría de
los ejercicios de meditación. Mientras no hallemos el silencio que
existió antes de la primera palabra de la creación, no podremos
encontrar un mundo nuevamente creativo.
La
idea del círculo como principio y fin del viaje está expresada
simbólicamente por la serpiente mítica que se come la
cola, el Uróboros mitológico; se crea, se alimenta de sí mismo y
se transforma al tragarse su cola. Su forma circular nos
habla de la naturaleza inconsciente, (del primer vientre antes de la
creación de los opuestos) deseada al final del viaje.
Según
dice san Buenaventura: «Dios es una esfera inaprehensible cuyo
centro está en todas partes y cuya circunferencia está en ningún
sitio». Fijar al Loco, incluso en el amplio mundo del círculo, es
imposible; podríamos decir, quizá, que representa una parte de
nosotros la cual, inocente pero sabiendo lo que hace, se ve embarcada
en la búsqueda del autoconocimiento. A través de ella tendremos
experiencias que nos parecerán locas, pero que luego reconoceremos
como cruciales para la conformación de nuestras vidas.
Jung
definió el ego como «el centro de la consciencia».
El self (sí-mismo) es el término que él usa para denotar
el centro de la totalidad de la psique, un centro de amplio
conocimiento y estabilidad. Como nos mostrará el Loco con su danza
circular, el sí-mismo no es algo que inventemos nosotros, ni es
tampoco una zanahoria dorada que llevamos delante de nuestra nariz
toda la vida. El sí-mismo es algo que está ahí desde el principio;
el ego es, si se quiere, lo que hacemos, el sí-mismo se
nos dio. Existe antes de nuestro nacimiento, durante nuestro
nacimiento y después de nuestra muerte. Está en nosotros siempre,
esperando que volvamos a casa e incluso nos apremia aello, ya que
aquí no hay marcha atrás. Nuestro viaje, como el del Loco, es
circular. Como dice C. G. Jung: «El ego se enfrenta al sí-mismo,
como el móvil a su motor, como el objeto al sujeto. El sí-mismo,
como el inconsciente es algo que existe previamente y de donde surge
el ego. Es, por decirlo do alguna manera, una prefiguración
inconsciente del ego. No soy yo el que se crea a sí mismo, pero sí
que me sucedo a mí mismo.»
La
iridiscencia del Loco no puede limitarse a palabras, pero la cita
anterior parece captar algo de sus colores cambiantes. Podemos decir
que el Loco del Tarot es el sí-mismo como una prefiguración
inconsciente del ego. Me parece que incluso el Loco encontraría esta
definición lo bastante ambigua. Si está riendo, es para
demostrarnos que el humor es un ingrediente en nuestras relaciones y
algo necesario y agradable para cualquier viaje.
William
Butler Yeats lo entendió así. Fue por ahí buscando historietas
jocosas del pueblo de Irlanda. En una de éstas, «La reina y el
Loco», nos enseña que el Loco de nuestro Tarot vive aún hoy en
Irlanda. Aquellos que le vieron dicen que lleva una barba moteada y
le gusta aparecer inesperadamente en lugares insólitos. «He oído
decir a un hearne, un hechicero, que vive en la frontera de
Clare y el país de Gales, que en cada "comunidad de
hadas" existe una Reina y un Loco y si uno de ellos te "toca"
no te recuperas jamás; solamente podrás recuperarte si te toca otro
duende. Él dijo del Loco que era acaso "el más sabio de
todos" y lo describió luego "vestido como uno de esos
actores que vagabundean por el país..." La mujer del viejo
molinero dijo: "Se dice que los duendes son buenos vecinos en
general, pero que del contacto con el Loco, de eso no te cura nadie,
¡quedas ido!".»
Del
golpe del Loco, uno no se recupera, pero ¿quién quiere recuperarse?
SALLIE
NICHOLS