jueves, 13 de junio de 2019

CRONOPIOS EN CHIVILCOY

Los Ángeles de Swedenborg son las almas que han elegido el Cielo. Pueden prescindir de palabras; basta que un Ángel piense en otro para tenerlo junto a él. Jorge Luis Borges, El libro de los seres imaginarios.
Los habitantes de Chivilcoy tenemos la certeza que nuestra ciudad es un producto salido de la razón sarmientina. Sin embargo, por las calles chivilcoyanas deambularon, y aún lo hacen, algunos personajes que ponen en duda toda razón. Julio Cortázar, quien durante algunos años ejerció la docencia en Chivilcoy, cuenta en su libro “La vuelta al día en ochenta mundos”, que todo piantado es cronopio, e identifica a un tal Francisco Musitani como primer cronopio.
Musitani vivía en Chivilcoy y para alguna fiesta de fin de curso del Normal, a principio de los 40, dicta una conferencia sobre los peligros de la pelusa. Es allí donde lo conoce Cortázar, calificándolo como “consecuentemente genial”.
Pero no es el único. Bajo el titulo “Fueron de todos y de nadie”, el diario La Razón de Chivilcoy publica, el sábado 13 de junio de 2015, un articulo donde describe y enumera a algunos de estos “piantados” que hicieron historia. Todavía hay algunos que los recuerdan, otros los homenajean utilizando sus nombres en las redes sociales: Yuyito, Chicleta, Tripita, Bartolo, Anyulino y otros, además del ya mencionado Musitani. Ido, piantado, cronopio todas denominaciones que nos ayudan a diferenciarlos de los “los cuerdos”.
Muy probablemente Cortázar no haya inventado el término cronopio en relación al tiempo. Sin embargo, el prefijo crono nos tienta de asociarlo a cierta concepción del tiempo que tenían los antiguos griegos. Chronos como tiempo de la medida, que desarrolla una forma y determina un individuo, más cercana a la manera como los cuerdos conciben al tiempo. Aunque al piantado le cabe más el termino Aion. La otra manera que tenían los griegos de concebir el tiempo. Sin medida, tiempo indefinido, tiempo no métrico, al tiempo Aion lo encontramos en la psicosis, en la poesía, en los sueños, en lo que Freud llama inconsciente.
Cortázar no se tomo el tiempo de definir el termino cronopio, solo lo puso en práctica. Podemos ayudarnos para comprenderlo con la descripción de la naturaleza de los ángeles que hizo el místico sueco del siglo XVIII, Emanuel Swedenborg. Otro piantado genial.
Swedenborg dice que los ángeles no conocen las determinaciones del tiempo, los ángeles solo entienden estados y cambios de estados, flujos de intensidades. Nosotros, los “cuerdos”, pensamos a partir del tiempo, la dimensión del mañana, del ayer, del hoy. En el mundo de los ángeles, los movimientos acontecen mediante modificaciones de estado, y no a través de traslados espaciales, no existen distancias a ser recorridas, se acercan si alguien les produce alegría, o se alejan de alguien, si les produce tristeza, sin que su cuerpo se mueva. No saben qué es un día, ni un día después del otro, ni un mañana, ni la eternidad de un tiempo infinito, sólo la eternidad de un estado infinito, Aion. Son ajenos a la sucesión cronológica, están constantemente volviéndose otra cosa.
Los cuerdos, dividimos el tiempo para medirlo, tenemos los minutos, las horas, los días; el tiempo en sucesión lineal, una continuidad puntual y homogénea, Chronos. Los piantados, dice Cortázar, “son lo heteróclito en las pautas habituales”, y no pierde la esperanza de “algún día a contrarrestar la influencia de los cuerdos, con los cuales nos está yendo ahora como usted sabe”. Si el tiempo Aion palpita en la poesía y en los sueños, ¿cómo reencontrar en lo más hondo del alma del “hombre común” un ángel de Swedenborg?
En lo más hondo del alma del “hombre común” circulan flujos inmanentes, a-subjetivos. Intensidades que atraviesan y componen la subjetividad y tienen un carácter heterogéneo, la multiplicidad. Cuando en estos flujos se produce un corte, ocurren los bloqueos y las intensidades se cristalizan. Esto ocurre porque son sometidas por un código, establecido por la sociedad. Esta cristalización de intensidades produce una identidad. Las personas existen en los puntos de corte de los flujos.
Entonces, la intensidades quedan atrapadas en la noción de individuo, sometidas a un mismo modo homogeneizante de temporalidad-espacialidad, codificadas, territorializadas. Aún así, hay gente que no responde a los códigos, empiezan a tener un flujo que no estaba previsto, y hay un esfuerzo social para recuperarlos. En un primer momento se intenta reprimirlos, encerrarlos. En un segundo momento, se intenta recodificarlos mediante distintos procesos reeducativos. La esquizofrenia funciona sobre una conjunción de flujos descodificados. El esquizo, no se deja codificar, va siempre más lejos con los flujos descodificados; si es preciso sin flujos, antes que dejarse codificar.
El precio a pagar por la codificación es la neurosis. Si el tiempo Aion palpita en la poesía y en los sueños, ¿cómo reencontrar en lo más hondo del alma del “hombre común” un ángel de Swedenborg? Hay momentos intempestivos que irrumpen y queda suspendida la continuidad temporal. El acontecimiento es esa línea de fuga. Los acontecimientos marcan una ruptura.
La práctica artística tiene una mayor capacidad de producir anomalías y rupturas, de inventar nuevos territorios existenciales, de engendrar cualidades del ser antes impensables, que nos liberan de nuestra continuidad identitaria. Lo que escapa es lo intempestivo, acontecimiento, que instaura un nuevo espacio-tiempo distante del espacio-tiempo homogéneo.
El dispositivo de la multiplicación dramática trata de desbloquear las intensidades cristalizadas creando espacios-tiempo. La multiplicación dramática, más que develar el sentido oculto, más que comprender aquello representado, es generadora de un juego de combinaciones de las distintas figuraciones que las significaciones imaginarias inventan. En  la multiplicación dramática el ritmo de las escenas encadena melódicamente componentes heterogéneos, constituyendo así un territorio existencial.
Luis Rositto que me prestó el libro “El secreto de Cortázar”, de Emilio Fernández Cicco, para adentrarme en aquel Chivilcoy de fines de los años treinta. Peter Pal Pelbar me presentó a Emanuel Swedenborg en el barrio londinense de Bloomsbury. Con Hernán Kesselman nos disfrazamos de Deleuze y Guattari para devenir Aion en Chronos. Cortázar y Swedenborg dictan un taller de teatro espontaneo con Yuyito, Chicleta, Tripita, Bartolo, Anyulino y Musitani.