Los Ángeles de Swedenborg son las almas que han elegido el
Cielo. Pueden prescindir de palabras; basta que un Ángel piense en otro para
tenerlo junto a él. Jorge Luis
Borges, El libro de los seres imaginarios.
Los habitantes de Chivilcoy tenemos la
certeza que nuestra ciudad es un producto salido de la razón sarmientina. Sin
embargo, por las calles chivilcoyanas deambularon, y aún lo hacen, algunos
personajes que ponen en duda toda razón. Julio Cortázar, quien durante algunos
años ejerció la docencia en Chivilcoy, cuenta en su libro “La vuelta al día en
ochenta mundos”, que todo piantado es cronopio, e identifica a un tal Francisco
Musitani como primer cronopio.
Musitani vivía en Chivilcoy y para alguna fiesta de fin de curso
del Normal, a principio de los 40, dicta una conferencia sobre los peligros de
la pelusa. Es allí donde lo conoce Cortázar, calificándolo como
“consecuentemente genial”.
Pero no es el único. Bajo el titulo “Fueron de todos y de nadie”,
el diario La Razón de Chivilcoy publica, el sábado 13 de junio de 2015, un
articulo donde describe y enumera a algunos de estos “piantados” que hicieron
historia. Todavía hay algunos que los recuerdan, otros los homenajean
utilizando sus nombres en las redes sociales: Yuyito, Chicleta, Tripita,
Bartolo, Anyulino y otros, además del ya mencionado Musitani. Ido, piantado,
cronopio todas denominaciones que nos ayudan a diferenciarlos de los “los
cuerdos”.
Muy probablemente Cortázar no haya inventado el término cronopio
en relación al tiempo. Sin embargo, el prefijo crono nos tienta de asociarlo a
cierta concepción del tiempo que tenían los antiguos griegos. Chronos como
tiempo de la medida, que desarrolla una forma y determina un individuo, más
cercana a la manera como los cuerdos conciben al tiempo. Aunque al piantado le
cabe más el termino Aion. La otra manera que tenían los griegos de concebir el
tiempo. Sin medida, tiempo indefinido, tiempo no métrico, al tiempo Aion lo
encontramos en la psicosis, en la poesía, en los sueños, en lo que Freud llama
inconsciente.
Cortázar no se tomo el tiempo de definir el termino cronopio, solo
lo puso en práctica. Podemos ayudarnos para comprenderlo con la descripción de
la naturaleza de los ángeles que hizo el místico sueco del siglo XVIII, Emanuel
Swedenborg. Otro piantado genial.
Swedenborg dice que los ángeles no conocen las determinaciones del
tiempo, los ángeles solo entienden estados y cambios de estados, flujos de
intensidades. Nosotros, los “cuerdos”, pensamos a partir del tiempo, la
dimensión del mañana, del ayer, del hoy. En el mundo de los ángeles, los
movimientos acontecen mediante modificaciones de estado, y no a través de
traslados espaciales, no existen distancias a ser recorridas, se acercan si
alguien les produce alegría, o se alejan de alguien, si les produce tristeza,
sin que su cuerpo se mueva. No saben qué es un día, ni un día después del otro,
ni un mañana, ni la eternidad de un tiempo infinito, sólo la eternidad de un
estado infinito, Aion. Son ajenos a la sucesión cronológica, están
constantemente volviéndose otra cosa.
Los cuerdos, dividimos el tiempo para medirlo, tenemos los
minutos, las horas, los días; el tiempo en sucesión lineal, una continuidad
puntual y homogénea, Chronos. Los piantados, dice Cortázar, “son lo heteróclito
en las pautas habituales”, y no pierde la esperanza de “algún día a
contrarrestar la influencia de los cuerdos, con los cuales nos está yendo ahora
como usted sabe”. Si el tiempo Aion palpita en la poesía y en los sueños, ¿cómo
reencontrar en lo más hondo del alma del “hombre común” un ángel de Swedenborg?
En lo más hondo del alma del “hombre
común” circulan flujos inmanentes, a-subjetivos. Intensidades que atraviesan y
componen la subjetividad y tienen un carácter heterogéneo, la multiplicidad.
Cuando en estos flujos se produce un corte, ocurren los bloqueos y las
intensidades se cristalizan. Esto ocurre porque son sometidas por un código,
establecido por la sociedad. Esta cristalización de intensidades produce una
identidad. Las personas existen en los puntos de corte de los flujos.
Entonces, la intensidades quedan
atrapadas en la noción de individuo, sometidas a un mismo modo homogeneizante
de temporalidad-espacialidad, codificadas, territorializadas. Aún así, hay
gente que no responde a los códigos, empiezan a tener un flujo que no estaba
previsto, y hay un esfuerzo social para recuperarlos. En un primer momento se
intenta reprimirlos, encerrarlos. En un segundo momento, se intenta
recodificarlos mediante distintos procesos reeducativos. La esquizofrenia funciona
sobre una conjunción de flujos descodificados. El esquizo, no se deja
codificar, va siempre más lejos con los flujos descodificados; si es preciso
sin flujos, antes que dejarse codificar.
El precio a pagar por la codificación es la neurosis. Si el tiempo
Aion palpita en la poesía y en los sueños, ¿cómo reencontrar en lo más hondo
del alma del “hombre común” un ángel de Swedenborg? Hay momentos intempestivos
que irrumpen y queda suspendida la continuidad temporal. El acontecimiento es
esa línea de fuga. Los acontecimientos marcan una ruptura.
La práctica artística tiene una mayor
capacidad de producir anomalías y rupturas, de inventar nuevos territorios
existenciales, de engendrar cualidades del ser antes impensables, que nos
liberan de nuestra continuidad identitaria. Lo que escapa es lo intempestivo,
acontecimiento, que instaura un nuevo espacio-tiempo distante del
espacio-tiempo homogéneo.
El dispositivo de la multiplicación
dramática trata de desbloquear las intensidades cristalizadas creando espacios-tiempo.
La multiplicación dramática, más que develar el sentido oculto, más que
comprender aquello representado, es generadora de un juego de combinaciones de
las distintas figuraciones que las significaciones imaginarias inventan. En la multiplicación dramática el ritmo de las
escenas encadena melódicamente componentes heterogéneos, constituyendo así un
territorio existencial.
Luis
Rositto que me prestó el libro “El secreto de Cortázar”, de Emilio Fernández
Cicco, para adentrarme en aquel Chivilcoy de fines de los años treinta. Peter
Pal Pelbar me presentó a Emanuel Swedenborg en el barrio londinense de
Bloomsbury. Con Hernán Kesselman nos disfrazamos de Deleuze y Guattari para
devenir Aion en Chronos. Cortázar y Swedenborg dictan un taller de teatro espontaneo
con Yuyito, Chicleta, Tripita, Bartolo, Anyulino y Musitani.