Ninguna cosa puede ser destruida
sino por una causa exterior.
Spinoza, Ética
En la consulta del dentista,
mientras esperaba ser atendido, escuché involuntariamente una conversación
sobre la cantidad, llamativa, de accidentes
de transito que ocurren en Chivilcoy.
Motos, autos bicicletas, … y hasta celulares son los protagonistas de un
drama que acarrea angustia y dolor.
¿Los conductores de Chivilcoy
confían en su propia inmortalidad? Podríamos leer que estas conductas conllevan
una tendencia subrepticiamente auto-supresivas, una agresión contra si mismo.
Un tipo muy particular de conducta suicida es utilizar el teléfono celular al
conducir, algo que no deja de advertirse en las calles de nuestra ciudad sin
necesidad de exigirse una mirada atenta.
En un estudio realizado por
investigadores de la Universidad de Utah, publicado en The Journal of the
Human Factors and Ergonomics Society, se afirma que el riesgo de hablar por
el teléfono móvil en el coche, aun con
el manos libres, puede tener las mismas consecuencias que hacerlo ebrio.
¿Pueden nuestros padecimientos,
que habitualmente atribuimos a orígenes psíquicos o somáticos, llegar a tener un tercer origen social?
El atentar contra la propia vida puede responder a muchas razones, si bien no siempre
son atribuibles a algun trastorno
mental, aunque pueden indicar sufrimiento y estrés.
Cuando la economía es para el
mercado, que se beneficia de la crisis mientras lanza a millones de personas a
la pobreza, se producen altos niveles de inseguridad. Sin necesidad de
adentrarnos en profundidades
sociológicas o epidemiológicas, podemos advertir que la inseguridad económica
derivada de no tener empleo, tener un empleo precario, tener deudas… repercute
considerablemente en la salud mental, y, a su vez, se interrelaciona con los
problemas de salud de tipo físico y aumentan el riesgo de contraer enfermedades
cardiovasculares, diabetes y otras. Abundan informes e investigaciones que así
lo afirman.
En un documento llamado Libro
Verde. Mejorar la salud mental de la población. Hacia una estrategia de la
Unión Europea en materia de salud mental, se afirma que las formas más
comunes de enfermedad mental son la ansiedad y la depresión.
Pero, el padecer de nuestras
sociedades excede las cuestiones relacionadas con las crisis económica, la cual
se ubica en la cara formal de la realidad social. Nuestra cultura contemporánea
establece el reinado nihilista de
instintos suicidas, que da lugar a una cultura del pánico, agresión y
violencia. El estado de reflujo de los lazos comunitarios, se produce un estado
de desteritorialización, que da rienda suelta a la necesidad de conquistar
algún sentido de pertenencia que nos de identidad, a través de una serie de
actos: suicidios, fanatismos, agresión, conducir en forma riesgosa. Desde los
cuales la vida se encuentra asfixiada.
El proceso creciente de
financiarización de la economía, también lo es de las relaciones sociales. Esto
ocurre en la otra cara de las relaciones sociales, la cara molecular, imperceptible.
Produciendo un proceso predatorio de los lazos de solidaridad social, que son
sacrificados en el altar del mercado. Competir es la consigna de nuestra época,
y competir es luchar contra los demás.
La filosofía del mercado
desregulado, nos pide incesantemente dar lo mejor de nosotros mismos para
sobrevivir. Se instala el malestar resultando difícil distinguir entre la
infelicidad y una depresión eminentemente agresiva, sobre todo cuando la masa
de gente desesperada crece y crece.
La incidencia de las
psicopatologías ha ido en aumento en las últimas décadas y, según la
Organización Mundial de la Salud, la tasa de suicidios se ha incrementado en
una 60% en los últimos 40 años, de forma particularmente peligrosa entre los
jóvenes.
Me resulta difícil no ver una
relación entre esta increíble oleada de propensión a conductas riesgosa y el
triunfo de la coerción neoliberal por competir; una relación entre la
generalización de la fragilidad psíquica y la soledad de una generación que
solamente se encuentra a través de la pantalla.. Es una especie de epidemia de
conductas riesgosas extendiéndose por nuestra sociedad.
Una causa, que no deberíamos
descartar, para la epidemia de conductas riesgosas es la transformación de la
vida en sociedad en una fábrica de infelicidad, de la cual parece imposible
escapar. Es el mandato de convertirse en un ganador, contrastado con la
conciencia de que ganar es imposible o, más bien, de que la única forma de
ganar (al menos provisionalmente) es arriesgando la propia vida, obviando, por
supuesto, la de los otros.
Es posible que aquí se encuentre
la explicación de algunos de los terribles fenómenos de nuestros tiempos, los
cuales solemos leer en términos políticos, a pesar de que no logramos
entenderlos a través de la óptica de la política (macropolítica). Pues ponemos
la mirada en las cuestiones de las formas, molares, cuando donde debemos mirar
es en los devenires moleculares (micropolítica). ¿Qué tipo de proceso de producción de subjetividad
se esta generando? “No basta con actuar macropolíticamente. ¿Y por qué no
basta? Pues porque por mucho que se haga en el plano macropolítico, por más
brillantes que sean las ideas y las estrategias, por más valientes que sean las
acciones, por más éxito que tengan, por menos autoritarias y corruptas que
sean, desde el punto de vista micropolítico, lo que se logra es una
reacomodación del mismo mapa vigente” (Suely Rolnik).
La infelicidad ha estado devorando a las sociedades
contemporáneas desde que “la publicidad lanzó la primera bomba contra el
cerebro colectivo, ordenando la felicidad obligatoria; desde que la soledad
digital empezó a multiplicar la excitabilidad nerviosa y a encerrar a los
cuerpos en la jaula de la pantalla; desde que el capitalismo financiero comenzó
a forzarnos a todos a trabajar por más y más tiempo, bajo el miserable salario
de la precariedad”. (Franco Berardi)