sábado, 13 de octubre de 2018

Hacer de la vida una obra de arte

Aquel que desea pero no actúa, engendra la peste. William Blake
Hacer el pasaje y descubrir que, detrás de la máscara no hay rostro alguno, sólo necesidad de crear nuevas máscaras. Suely Rolnik
En el Discurso del método Descartes elabora su proyecto de hacer del ser humano “dueño y poseedor de la naturaleza”. Este sencillo enunciado tiene como consecuencia la fundación de la Modernidad en la escisión de un sujeto cognoscente y un objeto conocido. Esto hace de Descartes el creador del espíritu científico moderno, del paradigma científico. Sin embargo, el sujeto no es evidente; no basta pensar para ser, como lo proclamaba Descartes, puesto que muchas otras formas de existir se instauran fuera de la conciencia. Más que de sujeto sería conveniente hablar de procesos de subjetivación.
El paradigma cartesiano, o científico, se aplicó exitosamente en las ciencias físicas y naturales. Un par de siglos más tarde se intentó transpolar este paradigma al estudio de los fenómenos sociales y humanos con desparejo y sospechoso éxito. En este último siglo, los profesionales de las ciencias humanas han estado obsesionados por un ideal de cientificidad, considerando responsable cualquier práctica con pretensión científica, y degradando otras por considerarlas pseudo científicas.
El paradigma científico se halla interrelacionado al universo capitalista. El afán de dominio de la naturaleza acarrea la conquista de nuevos sectores, la conquista de nuevos mercados. Operación que homogeneíza las vidas singulares, todas las posibilidades de llevar una existencia singular están recubiertas por la valorización del mercado y confluyen en el consumidor ideal. Se propaga un modo de existencia por y para el mercado, impera una economía del beneficio.
Gilles Châtelet dice, en “Vivir y pensar como chanchos”, que la mano invisible del mercado hace de todos nosotros ganado cibernético que pasta mansamente entre los servicios y las mercancías ofrecidas. Asistimos con un extraño deleite a las formas líquidas de la Modernidad tardía, son líquidas desde las condiciones de contratación hasta las relaciones conyugales. Terminamos admirándonos con la volatilización de la moneda, de los servicios, del trabajo, hasta de la condición humana. Pues desaparecen las palabras, las frases, los gestos de la solidaridad humana.
Estos acontecimientos del macrocosmos son asimilados en el microcosmos. Vivimos aprisionados a cielo abierto, la mano invisible coloniza las esferas más privadas e íntimas de la vida humana. El inconsciente claudica ante el mercado. No debe sorprender la claustrofobia que nos acosa visible solo por sus efectos: la incertidumbre y el pesimismo. Este aplanamiento de la existencia es producto de la homogeneización de la diversidad.
Sin embargo la vida comporta un alto grado de complejidad, de heterogeneidad. La vida es un proceso de auto organización de la materia en altísimo grado de interacción con todo lo que la rodea. La vida en su esencia es proceso de creación. Por ello la alternativa ante el paradigma científico se presenta como la constitución de un paradigma estético, un paradigma de creación estética, que subvierta el mundo de valores del mercados, en tanto abra la posibilidad de recuperar la pluralidad, la heterogeneidad del mundo para que la vida esté a gusto. El umbral decisivo de constitución del paradigma estético reside en la aptitud de estos procesos de creación para autoafirmarse como foco de producción existencial.
Este paradigma no implica estetizar el mundo, sino nuestra propia vida. En nuestra sociedad el arte se convirtió, siguiendo las lógicas del mercado, en algo que atañe a los objetos y no a la vida ni a los individuos, en una especialidad que está reservada a los expertos, a los artistas. El arte queda reducido a un producto, una determinada lámpara o una casa resultan obras de arte. Pero el arte no tiene el monopolio de la creación. ¿Y, acaso, no puede serlo la vida, mi vida? Un hombre o mujer cualquiera puede hacer de su vida una obra de arte. En el cine, en las novelas, en los libros de autoayuda sobrevuela la noción de autenticidad, la idea de que debemos ser nosotros mismos, ser de verdad nuestro verdadero yo. Sin embargo, el yo no nos es dado, debemos constituirnos, fabricarnos como una obra de arte. La esencia de la creatividad estética reside en el proceso de producción de nuestra subjetividad y no se resume en el producto. La actividad creadora de un individuo constituye el centro de su actividad ética. Pero sólo a partir del reconocimiento de la alteridad, del encuentro con la otredad, la ética es posible. Spinoza reacciona al cartesianismo proponiendo que la subjetividad se produce en el encuentro con un otro. Devenir. Encontrar la zona de vecindad de un cuerpo con otro, de tal manera que se pierda la forma cristalizada individual, creando un tercero entre los dos.
El paradigma estético nos permite unirnos con otras producciones de subjetividad parcial. Se trata de agenciarnos para producir esa fuerza engendradora de vida. Este agenciamiento es un territorio existencial, es un plano que reemplaza la oposición entre el sujeto y el objeto. Es el surgimiento de algo que se produce que no es yo; que no es el otro, que es el surgimiento de la vida.
El problema que se presenta es reinventar dispositivos de producción de subjetividad en todos los ámbitos de la vida humana, componer nuevas prácticas que produzcan actos de experimentación creadora de focos existenciales. Todas las entradas son buenas, siempre que las salidas sean múltiples. La creación no es una sublimación en relación a una agresividad que estaría allí siempre latente, es un dato inmediato de la subjetividad colectiva.
“Entre no es ni lo tuyo ni lo mío. Lo que está en el medio circulando, fluyendo”. Eduardo Pavlovsky.
“El cosmos puede buscarse también dentro de cada uno de nosotros, como caos indiferenciado, como multiplicidad potencial”. Italo Clavino.