Aquel que desea pero no actúa,
engendra la peste. William
Blake
Hacer el pasaje y descubrir que,
detrás de la máscara no hay rostro alguno, sólo necesidad de crear nuevas
máscaras. Suely
Rolnik
En el Discurso del método Descartes elabora su proyecto de
hacer del ser humano “dueño y poseedor de la naturaleza”. Este sencillo
enunciado tiene como consecuencia la fundación de la Modernidad en la escisión
de un sujeto cognoscente y un objeto conocido. Esto hace de Descartes el creador
del espíritu científico moderno, del paradigma científico. Sin embargo, el
sujeto no es evidente; no basta pensar para ser, como lo proclamaba Descartes,
puesto que muchas otras formas de existir se instauran fuera de la conciencia.
Más que de sujeto sería conveniente hablar de procesos de subjetivación.
El paradigma cartesiano, o científico, se aplicó
exitosamente en las ciencias físicas y naturales. Un par de siglos más tarde se
intentó transpolar este paradigma al estudio de los fenómenos sociales y
humanos con desparejo y sospechoso éxito. En este último siglo, los
profesionales de las ciencias humanas han estado obsesionados por un ideal de
cientificidad, considerando
responsable cualquier práctica con pretensión científica, y degradando otras por
considerarlas pseudo científicas.
El paradigma científico se halla
interrelacionado al universo capitalista. El afán de dominio de la naturaleza
acarrea la conquista de nuevos sectores, la conquista de nuevos mercados. Operación
que homogeneíza las vidas singulares, todas las posibilidades de llevar una
existencia singular están recubiertas por la valorización del mercado y
confluyen en el consumidor ideal. Se propaga un modo de existencia por y para
el mercado, impera una economía del beneficio.
Gilles Châtelet dice, en “Vivir y pensar como chanchos”, que
la mano invisible del mercado hace de todos nosotros ganado cibernético que
pasta mansamente entre los servicios y las mercancías ofrecidas. Asistimos con
un extraño deleite a las formas líquidas de la Modernidad tardía, son líquidas desde
las condiciones de contratación hasta las relaciones conyugales. Terminamos
admirándonos con la volatilización de la moneda, de los servicios, del trabajo,
hasta de la condición humana. Pues desaparecen las
palabras, las frases, los gestos de la solidaridad humana.
Estos acontecimientos del
macrocosmos son asimilados en el microcosmos. Vivimos aprisionados a cielo
abierto, la mano invisible coloniza las esferas más privadas e íntimas de la
vida humana. El inconsciente claudica ante el mercado. No debe sorprender la
claustrofobia que nos acosa visible solo por sus efectos: la incertidumbre y el
pesimismo. Este aplanamiento de la existencia es producto de la homogeneización
de la diversidad.
Sin embargo la vida comporta un
alto grado de complejidad, de heterogeneidad. La vida es un proceso de auto
organización de la materia en altísimo grado de interacción con todo lo que la
rodea. La vida en su esencia es proceso de creación. Por ello la alternativa
ante el paradigma científico se presenta como la constitución de un paradigma
estético, un paradigma de creación estética, que subvierta el mundo de valores del
mercados, en tanto abra la posibilidad de recuperar la pluralidad, la heterogeneidad
del mundo para que la vida esté a gusto. El umbral decisivo de constitución del
paradigma estético reside en la aptitud de estos procesos de creación para
autoafirmarse como foco de producción existencial.
Este paradigma no implica
estetizar el mundo, sino nuestra propia vida. En nuestra sociedad el arte se
convirtió, siguiendo las lógicas del mercado, en algo que atañe a los objetos y
no a la vida ni a los individuos, en una especialidad que está reservada a los
expertos, a los artistas. El arte queda reducido a un producto, una determinada
lámpara o una casa resultan obras de arte. Pero el arte no tiene el monopolio
de la creación. ¿Y, acaso, no puede serlo la vida, mi vida? Un hombre o mujer
cualquiera puede hacer de su vida una obra de arte. En el cine, en las novelas,
en los libros de autoayuda sobrevuela la noción de autenticidad, la idea de que
debemos ser nosotros mismos, ser de verdad nuestro verdadero yo. Sin embargo,
el yo no nos es dado, debemos constituirnos, fabricarnos como una obra de arte.
La esencia de la creatividad estética reside en el proceso de producción de
nuestra subjetividad y no se resume en el producto. La actividad creadora de un
individuo constituye el centro de su actividad ética. Pero sólo a partir del
reconocimiento de la alteridad, del encuentro con la otredad, la ética es
posible. Spinoza reacciona al cartesianismo proponiendo que la subjetividad se
produce en el encuentro con un otro. Devenir. Encontrar la zona de vecindad de
un cuerpo con otro, de tal manera que se pierda la forma cristalizada
individual, creando un tercero entre los dos.
El paradigma estético nos
permite unirnos con otras producciones de subjetividad parcial. Se trata de
agenciarnos para producir esa fuerza engendradora de vida. Este agenciamiento
es un territorio existencial, es un plano que reemplaza la oposición entre el
sujeto y el objeto. Es el surgimiento de algo que se produce que no es yo; que
no es el otro, que es el surgimiento de la vida.
El problema que se presenta es
reinventar dispositivos de producción de subjetividad en todos los ámbitos de
la vida humana, componer nuevas prácticas que produzcan actos de
experimentación creadora de focos existenciales. Todas las entradas son buenas,
siempre que las salidas sean múltiples. La creación no es una sublimación en
relación a una agresividad que estaría allí siempre latente, es un dato
inmediato de la subjetividad colectiva.
“Entre no es ni lo tuyo ni lo
mío. Lo que está en el medio circulando, fluyendo”. Eduardo Pavlovsky.
“El cosmos puede buscarse también dentro de cada uno de
nosotros, como caos indiferenciado, como multiplicidad potencial”. Italo
Clavino.