“[...] se me vino a la cabeza una pregunta que en aquel
tiempo, y durante los diez años anteriores, se escuchaba seguido: ¿Qué harías
si te cruzaras con Videla en un ascensor? [...]”
Ignacio
Molina
Quizás mi mujer tenga razón y
siempre haya sido un tibio. Me cuesta verme de esa manera, pero, nobleza
obliga, resulta una observación adecuada.
Tres veces en mi vida, no una
sino tres, me crucé con Videla. Nunca reaccioné, no soy violento. Salvo
contadas excepciones, no suelo dirigir mis arranques de furia contra otras
personas, me desquito rompiendo cosas.
La primera vez que lo vi había
asistido a misa a la Catedral de Mar del Plata, haya por enero del año 79.
Estaba yo en uno de los laterales de la nave central, y por una puerta lateral
entró tomado del brazo de su mujer. En aquellas fechas era el dueño del
gobierno y de las vidas de los ciudadanos de esta nación.
La tercera vez que lo vi, yo
estaba haciendo tiempo para entrar a un curso que dictaban en mi sindicato, promediaban
los noventa y ya había recibido la gracia del indulto por sus crímenes.
Caminaba despreocupadamente por la calle Montevideo cuando lo veo venir en
sentido contrario, esta vez me paralicé, me miró y pasó a mi lado. Me quedé de
piedra donde estaba, solo atiné a girarme y verlo marchar. No fue muy lejos,
entró en el Colegio de Abogados a unos pocos metros.
Es en el segundo encuentro donde
quiero detenerme.
Acababa de concluir mi servicio
militar. Era un día de lluvia, mi vieja me había regalado un paraguas chino de
esos que tocando un botón se expandía, estaba con mi amigo Néstor en la puerta
de la Catedral de Lomas de Zamora esperando que comenzaran la celebración de la
fiesta patronal de la diócesis, por lo cual calculo que sería septiembre del año
1981.
Hacía unos años que participaba
de los grupos de Acción Católica en la parroquia. Cuando rememoro aquellas
épocas me pongo a pensar por que me acerqué a la Iglesia y concluyo, tal como
lo hace Dolina, que por las chicas. Mi infancia y adolescencia las había
transcurrido en colegios de varones, y en mi barrio no había chicas de mi edad.
No sabía como tratar con las mujeres, no sabía hablarles, no sabía
acercármeles. Mi timidez era una coraza que me asfixiaba. Así que cuando una
amigo me acercó a ese mundo y empecé a tener amigas comencé a respirar.
Mis años juveniles son para mi
compañera motivo de burla. Para ella que militaba clandestinamente en la JP,
soy un tibio.
Vuelvo a aquel día de septiembre
del 81. Estábamos con Néstor charlando y se acerca a nosotros Luis, un tipo que
no me caía nada bien y que estaba en los primero años del seminario. Por la
calle Sáenz, viniendo desde Hipólito Irigoyen, venía Videla, sólo sin compañía.
Ninguno dijo nada, lo vimos acercarse a donde nos encontrábamos y quedarse
parado donde nosotros estábamos. Había sido invitado especialmente por el
obispo de aquel tiempo, Desiderio Collino, Dios lo tenga en su santa gloria y
no lo deje volver a hacer daño, a las fiestas patronales. El lameculos de Luis
rápidamente me pidió el paraguas y se acercó a Videla y le pidió que lo
acompañara a la curia que queda cruzando la plaza Grigera. Néstor y yo, los
miramos irse en silencio. Como recordaba ya había concluido mi servicio
militar, y a consecuencia de ello había adquirido una tiña particular contra
todo lo militar.
Al paraguas lo recuperé.