lunes, 21 de diciembre de 2015

EL DÍA QUE LE PRESTÉ MI PARAGUAS A VIDELA

“[...] se me vino a la cabeza una pregunta que en aquel tiempo, y durante los diez años anteriores, se escuchaba seguido: ¿Qué harías si te cruzaras con Videla en un ascensor? [...]”
Ignacio Molina


Quizás mi mujer tenga razón y siempre haya sido un tibio. Me cuesta verme de esa manera, pero, nobleza obliga, resulta una observación adecuada.
Tres veces en mi vida, no una sino tres, me crucé con Videla. Nunca reaccioné, no soy violento. Salvo contadas excepciones, no suelo dirigir mis arranques de furia contra otras personas, me desquito rompiendo cosas.
La primera vez que lo vi había asistido a misa a la Catedral de Mar del Plata, haya por enero del año 79. Estaba yo en uno de los laterales de la nave central, y por una puerta lateral entró tomado del brazo de su mujer. En aquellas fechas era el dueño del gobierno y de las vidas de los ciudadanos de esta nación.
La tercera vez que lo vi, yo estaba haciendo tiempo para entrar a un curso que dictaban en mi sindicato, promediaban los noventa y ya había recibido la gracia del indulto por sus crímenes. Caminaba despreocupadamente por la calle Montevideo cuando lo veo venir en sentido contrario, esta vez me paralicé, me miró y pasó a mi lado. Me quedé de piedra donde estaba, solo atiné a girarme y verlo marchar. No fue muy lejos, entró en el Colegio de Abogados a unos pocos metros.
Es en el segundo encuentro donde quiero detenerme.
Acababa de concluir mi servicio militar. Era un día de lluvia, mi vieja me había regalado un paraguas chino de esos que tocando un botón se expandía, estaba con mi amigo Néstor en la puerta de la Catedral de Lomas de Zamora esperando que comenzaran la celebración de la fiesta patronal de la diócesis, por lo cual calculo que sería septiembre del año 1981.
Hacía unos años que participaba de los grupos de Acción Católica en la parroquia. Cuando rememoro aquellas épocas me pongo a pensar por que me acerqué a la Iglesia y concluyo, tal como lo hace Dolina, que por las chicas. Mi infancia y adolescencia las había transcurrido en colegios de varones, y en mi barrio no había chicas de mi edad. No sabía como tratar con las mujeres, no sabía hablarles, no sabía acercármeles. Mi timidez era una coraza que me asfixiaba. Así que cuando una amigo me acercó a ese mundo y empecé a tener amigas comencé a respirar.
Mis años juveniles son para mi compañera motivo de burla. Para ella que militaba clandestinamente en la JP, soy un tibio.
Vuelvo a aquel día de septiembre del 81. Estábamos con Néstor charlando y se acerca a nosotros Luis, un tipo que no me caía nada bien y que estaba en los primero años del seminario. Por la calle Sáenz, viniendo desde Hipólito Irigoyen, venía Videla, sólo sin compañía. Ninguno dijo nada, lo vimos acercarse a donde nos encontrábamos y quedarse parado donde nosotros estábamos. Había sido invitado especialmente por el obispo de aquel tiempo, Desiderio Collino, Dios lo tenga en su santa gloria y no lo deje volver a hacer daño, a las fiestas patronales. El lameculos de Luis rápidamente me pidió el paraguas y se acercó a Videla y le pidió que lo acompañara a la curia que queda cruzando la plaza Grigera. Néstor y yo, los miramos irse en silencio. Como recordaba ya había concluido mi servicio militar, y a consecuencia de ello había adquirido una tiña particular contra todo lo militar.

Al paraguas lo recuperé.